Una joya literaria

Publicado: Martes, 13 Noviembre 2018 Imprimir

   Estos días estoy leyendo un libro que me estimo mucho, por lo que no me resisto a sugerirlo. Lo descubrí hace años, por casualidad, echando un vistazo a un expositor situado a la entrada de una antigua librería. Me refiero a la Guía de Pecadores, de Fray Luis de Granada, imprescindible para ahondar sobre la Virtud y el destino de las almas.

   En esta sociedad donde no se siente el hedor abominable de los vicios por ser tantos los que son, que creo que dijo Santo Tomás, tal vez no sea una propuesta muy usual, más pendientes como estamos de lo que deseamos que de lo que tenemos, pero garantizo que el que lo lea no quedará indiferente, siempre que asuma la importancia de la materia tratada, que es la Virtud y el modo de alcanzarla, incluso no siendo creyente o practicante; otra cosa es que su lectura no esté precisamente abierta a cualquiera, aunque, como una de esas historias fantásticas que vuelven a estar de moda, si atrapa la atención del lector podrá decirse aquello de San Agustín de que cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos (dependiendo de la obra) es Dios quien habla con nosotros.

   En esencia, sus argumentos tratan sobre las obligaciones que tenemos hacia la Virtud y los frutos que se siguen de ella, así como de los avisos que para ésta se requieren, o sea, que lo vas abordando en esos momentos en los que relativamente te aíslas de todo lo demás o lo abandonas a las primeras de cambio. Desde luego, si has logrado avanzar varias páginas es probable que lo concluyas con paciencia. Tampoco debe tomarse como un estímulo a renunciar a otras cosas, porque es perfectamente asumible para el buen cristiano al que enriquece en valores eternos, ya que, al contrario, cuando alguien coloca su fin en sí mismo permanece limitado a sí mismo, y el mismo no es gran cosa, que apuntó Leclercq.

   Sencillamente, el hecho de habernos alejado poco a poco de Dios es lo que ha generado este desmadre de sociedad tan descristianizada en la que vivimos, donde a las personas se las reduce a meros objetos cuyo brillo u ostracismo depende del agrado que se les brinde a otros, repitiendo, cuales tablas de multiplicar, los huecas consignas políticas e ideológicas que ya no son el 2 X 2 = 4.

   Ya lo advirtió Chesterton, escritor católico inglés que en su juventud se había vuelto agnóstico, cuando se deja de creer en Dios enseguida se cree en cualquier cosa, a lo que hay que agregar que su presencia es un remedio contra todos los vicios, como aconseja San Basilio.


Próximo Post