Qué haya luz

Publicado: Miércoles, 14 Noviembre 2018 Imprimir

   Se armó la marimorena. Todos pasados de revoluciones y hasta alguno diciendo que le devuelvan los cuartos. La última de los políticos (de los que el tópico dice que crean problemas donde no los hay), es que en veinte años desaparezcan los coches que echen humo. Proponen que a partir de ese momento sean eléctricos -enchufables, como ellos-, ofreciendo como siempre talones en blanco porque mañana será otro día y no tendrán que asumir lo que firmaron.

   Gobernar a base de sanas intenciones a largo plazo también es otra manera de salir del paso, máxime si son unos incapaces. Me acuerdo de que cuando era niño oía que en tres décadas iríamos a la luna como el que coge el metro y, en cambio, nadie se imaginaba entonces que llevaríamos el teléfono encima o que éste nos abduciría la personalidad.

   A mí lo que me apena de verdad es el destino de esos coches clásicos que forman parte de nuestra memoria (quien no recuerda a Sor Citroën), ya que sin combustible tampoco podrán salir a la calle y para tenerlo ocupando una plaza mejor olvidarse. Me pregunto qué será de los amantes del motor.

   La realidad es que te cuentan unas películas que si no fuera porque luego se obstinan sería para tomárselo a risa, millones y millones de vehículos tirados al desgüace, y los viajeros en la carretera por falta de batería. Es para figurárselo, gasolineras (bueno, ya no), enchufadoras de tres hectáreas para que no se formen molestas colas. No niego que todo se andará, pero sin prometer el oro y el moro, los cuales deben estar aterrorizados pensando que su petróleo sólo valdrá para engrasar, y de Ferrari ni te cuento, a ver cómo se las ingenian para que sus bólidos rujan y salgan disparados. Supongo que la tecnología sabrá resolverlo antes, como cuando nos contaban que los coches volarían algún día.

   Lo importante es que vamos a respirar un aire tan limpio que al final van a prohibir a los bares freír chopitos, porque humos tenemos todos, como los que no nos dejan ver la pureza de esas utópicas aspiraciones.


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