Dichosos jesuitas

Publicado: Viernes, 01 Marzo 2019

   Fundada en el siglo XVI por los santos españoles Ignacio de Loyola y mi tocayo Francisco Javier junto a otros, la Compañía de Jesús se ha distinguido como la primera orden de la Iglesia por su notable poder e influencia dentro de la misma. Tanto es así que a su Prepósito General, Padre General o, simplemente, General, se le menciona a veces con el apelativo de Papa negro, principalmente por el color de su hábito, porque buscarle otro sentido traería, desde luego, tela.

   No obstante, también ha tenido sus altibajos o menor protagonismo, por ejemplo, durante el cercano pontificado de Juan Pablo II, más en sintonía con el Opus Dei. Lo que no es ningún misterio teológico es que la polémica ha rodeado en ocasiones a los jesuitas, hasta el punto de ser expulsados de diversos países a lo largo de su historia, pues, aparte de su carácter meramente sacerdotal, su actividad abarca otros campos que afectan a muchos aspectos sociales, tales como la educación (muy reconocida, por cierto), generándose lo que comúnmente se llama conflicto de intereses.

   Pero retrotrayéndonos a una época más actual, cabría señalar que bajo la dirección del español y vasco Pedro Arrupe el número de miembros fue reduciéndose hasta llegar hoy a menos de la mitad (aunque también es verdad que esta tendencia, por desgracia, ha sido general en el ámbito religioso), lo que no ha supuesto ningún inconveniente para impulsar su proceso de beatificación aprovechando que el papa es jesuita, y eso sin tener en cuenta que la convirtió entonces en una especie de oposición anticapitalista contra la Santa Sede.

   En ese sentido, la teología de la liberación, introducida por el marxismo en esos años y abrazada por varios sacerdotes, especialmente en Hispanoamérica, es el ejemplo más claro de esta deriva liberal o izquierdista entre sus filas, sobre todo trasladado a algunos individuos que se formaron en su ambiente y luego no han sobresalido precisamente por su ortodoxia en otros terrenos.

   Aparentemente trasformadas casi en clanes, pienso que la Iglesia debería superar la fase de las congregaciones religiosas sin perjuicio a la memoria de sus fundadores, precisamente ahora que tanto se quiere impulsar el ecumenismo y la unión de todas las confesiones, objetivo éste contradictorio si la Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana, que lo demás suena un poco a mezcolanza, aunque si ya nos referimos a las conferencias episcopales, provincias eclesiásticas, etc. con la que está cayendo, apaga y vámonos.