Mucho humo y poca libertad

Publicado: Martes, 10 Enero 2017 Imprimir

Cibeles   Decía Alfonso X el Sabio que los cántaros cuanto más vacios más ruido hacen, y si lo único que contienen es aire en definitiva, que alguien defiende como que es de todos y de nadie, el estruendo de las tinajas ya es de órdago. Desde luego, no pongo en duda que a los actuales regidores del Ayuntamiento les preocupe la tenue "boina" de dióxido de nitrógeno planeando sobre la ciudad, pero lo cierto es que, con polución o sin ésta, su mojigatería medioambiental ha desenterrado el hacha de guerra contra los coches particulares por revelarse como una amenaza para la salud de los ciudadanos, más o menos en la misma línea que la experimentada ofensiva que le tienen declarada al dañino tabaco, por lo que esperemos que por culpa de sus emisiones no terminen por prohibir su publicidad o por venderlos con advertencias impresas en la carrocería.

   Parece claro que para esta gente todo lo que eche humo por la boca o por el tubo de escape es intolerable, si bien no hacen ascos a los pingües beneficios que tales molestias generan al fisco, del cual viven, y como por supuesto lo de contaminar no va con ellos ni se apean del coche oficial cuando activan el protocolo de medidas restrictivas para los demás, prescindiendo del invocado transporte público o la bicicleta que sólo cogen para la foto, aunque ya se sabe lo que a los recién llegados a la poltrona les cuesta renunciar a privilegios que poco antes les recriminaban a los que las ocupaban, trocando sus promesas de ayer en los impuestos de hoy, o para el caso, en un ímpetu recaudador que recuerda al guión de Robin Hood.

   En este sentido, resulta imposible aparcar por casi todo Madrid, por ejemplo, si no es pasando por el aro de ese oneroso sistema de estacionamiento regulado tal que si las calles fueran suyas, más cuando éstos no son sino administradores circunstanciales de la cosa pública que no se cansan de proponernos el paraíso cuando están en campaña, pero que a posteriori nunca caen en la cuenta de que la libertad, de la que tanto desconocen, no es otra cosa que aquello que la sociedad tiene el derecho de hacer y el Estado no tiene el derecho de impedir, como señaló Constant de Rebecque.

   Escribió un Lerroux desencantado con aquella infausta II República, que hoy tanto ensalzan estos mismos ignorantes y que en cierto modo parece la precursora de esta democracia por el rumbo que ha tomado, que la libertad sufre más de la demagogia civil que de la dictadura militar, y que ni las constituciones crean democracias ni las democracias crean libertades, como lo demuestra igualmente nuestra historia más reciente, lo cual conlleva inevitablemente a contrastar esta libertad formal o de postizo que nos ofrecen ahora con las libertades prácticas o reales que los españoles ya disfrutaban en las últimas décadas con Franco, para concluir lamentando, por la parte que nos toca, que una libertad sin virtud ni sabiduría es el mayor de todos los males, como apuntó Burke.


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