La recompensa de una buena acción es haberla hecho (Séneca).

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Fátima

Publicado: Lunes, 13 Mayo 2019 Imprimir

   Ha pasado un año desde el centenario de las Apariciones de Fátima, acaecidas de Mayo a Octubre de 1917 en Cova da Iria, cerca del pueblo homónimo y Aljustrel, aldea donde vivían los tres niños videntes. En aquel momento, Europa se hallaba sumida en la I Guerra Mundial e iba a producirse antes de acabar el año la fatídica Revolución Rusa, cuyas consecuencias afectarían terriblemente a otras naciones; nadie podía imaginar, pues, que en un recóndito y olvidado rincón del centro de Portugal estaba aconteciendo lo que para cualquier católico constituye el hecho más transcendente del siglo XX: la Virgen María se aparecía a tres humildes niños, Francisco, Jacinta y Lucia, para devolver la esperanza al mundo y "recordarle la necesidad de evitar el pecado y reparar las ofensas a Dios por medio de la oración y la penitencia".

    Es lo que en su conjunto se conoce como el Mensaje de Fátima, transcrito en tres partes por sor Lucía años más tarde en su clausura, de las cuales las dos primeras relatan la visión del infierno, lo concerniente al Corazón de María y los errores que Rusia extendería pronto, mientras que la tercera no llegaría a difundirse hasta el año 2000, lo que la rodeó de conjeturas apocalípticas, especialmente a raíz del fallido atentado el 13 de Mayo de 1981 (aniversario de las Apariciones) contra Juan Pablo II.

   Personalmente, puedo afirmar que mis expectativas se vieron correspondidas en las dos ocasiones que fui a Fátima, concretamente la primera, agobiado por ciertas preocupaciones, y no es de extrañar que este hermoso lugar se haya convertido en uno de los destinos de peregrinación mariana más importantes, ya que nadie, con fe, vuelve indiferente de allí. No obstante, es a mi madre, que en gloria esté, a quien le debo esta gratificante devoción a la Virgen de Fátima que me inculcó ya desde pequeño con las estampas y los libritos de las apariciones, y, sobre todo, con la oración del Santo Rosario que de pequeño me llevó a rezar al madrileño parque del Retiro, donde los primeros sábados de mes por la tarde, junto al estanque del Palacio de Cristal, acudían otras personas devotas con intención de desagraviar, como pidió la Virgen, a Nuestro Señor Jesucristo y a sus Inmaculados Corazones, además de rogar por la paz en el mundo y por España, que en aquellos años ya empezaba a torcerse moralmente con sus "recién estrenadas libertades" y su nueva Constitución consensuada entre marxistas y oligarcas en exclusivos restaurantes.

   En conclusión, en esta cuestión de las Apariciones de Fátima, y atendiendo a lo que dice Tomás de Kempis, no vacila en la fe quien se afianza en la palabra de Dios... En materia de fe no le toca al entendimiento escudriñar, sino creer, pues lo fundamental de estos sucesos ya centenarios es que la Madre del Señor se apareció a esos benditos pastorcitos y, por ende, a toda la humanidad, para anunciar al mundo:

“Por fin, mi inmaculado Corazón triunfará”.