Paradigma orwelliano

Publicado: Miércoles, 01 Marzo 2017 Imprimir

   De la democracia decía Churchill que es el menos malo de todos los sistemas políticos teniendo en cuenta los demás, aunque tampoco debía de entusiasmarle del todo al objetar cinco minutos de conversación con el votante medio, algo que igualmente se puede aplicar muy bien a los políticos actuales cuando abren la boca o tuitean sandeces que sólo dan cuenta de sus carencias, porque a esta aparente democracia, de la que se deben pensar que sólo ellos personifican, le sobran tejemanejes y le falta cordura, hasta el punto de habernos llevado a una encrucijada que no se sabe en qué acabará.

   Tras cuarenta de años de travesía por el desierto, que es en lo que con tanto politiqueo han convertido moralmente a España, resulta que para algunos ha llegado incluso la hora de claudicar a dos mil años de cristianismo, la ocasión única de borrar para las próximas generaciones cualquier noble resquicio de nuestro pasado, sucumbiéndolas al positivismo y a la voluntad relativista que las moldeará en personas indeterminadas sexualmente y sin una meta que transcienda más allá de su consumista existencia. Apuntaba un conocido psiquiatra ante la deriva suicida del mundo desarrollado, que el positivismo sexual es un signo típico de una sociedad neurótica que no sabe a dónde se dirige, al tiempo que la Madre Teresa de Calcuta ya venía alertardo de que un país que acepta el aborto no enseña a su gente a amarse unos a otros, sino a utilizar la violencia para conseguir lo que quieran, mecanismo que, por cierto, integra el marxismo en su concepción social de la lucha de clases, transmutada en el presente por la de sexos con el neomarxismo. En este sentido, auguraba en su línea el filósofo y revolucionario Engels que la liberación de la mujer pasa por la destrucción de la familia y su ingreso en el mercado de trabajo, ocupando su lugar en la sociedad de producción, ya sin el yugo marital ni la carga de la maternidad. Toda una declaración de intenciones.

   Es muy ilustrativo que lo que hasta no hace demasiado tiempo se consideraba un mal menor o una conducta desviada ahora se celebre como una pretensión legítima, invirtiendo en las conciencias de los más jóvenes el sentido y el valor natural de las cosas; tampoco entonces se hablaba de tolerar la virtud o lo bueno (sino que se tolera, en todo caso, lo malo), pues la tolerancia entrañaba la idea de una concesión ingrata que se creía conveniente sobrellevar para no perjudicar algo más importante. Al contrario, hoy casi nada se pondera, deliberadamente se suscita en beneficio de los intereses creados, pero como señaló Oscar Wilde, cuando hay demasiada libertad nunca parece bastante.

   Durante la Revolución francesa, un personaje condenado a la guillotina presagiaba que era necesario un espíritu profundo y mucho dinero para calificar “este plan abominable”, o en otras palabras, que una mano invisible dirigía al populacho, como ya en otro contexto insinuaba el marqués, y masón notorio, de La Fayette percibiendo los ecos de un complot. Hoy en España y en el resto de Occidente los medios de comunicación afines “a esa mano invisible” dulcifican con falsas expectativas todo lo que da impulso y fuerza a lo que nos está disolviendo, mientras el individuo de a pie, sometido a sectarias leyes coercitivas, asiste cada vez más sorprendido a la descomposición de sus modelos y costumbres sin poder hacer nada. Todo un paradigma orwelliano.


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