La Cruz

Publicado: Lunes, 03 Abril 2017 Imprimir

   Cicerón llamó a la crucifixión “el más cruel y tétrico suplicio”. Humanamente hablando, Jesús no pudo tener muerte más ignominiosa. Precisamente, porque Él murió en la cruz, la cruz ha dejado de ser una ignominia para ser timbre de gloria y señal de redención.

   Tucídides afirma que ya los persas en todas sus guerras ponían en la cruz al rey vencido; también los cartagineses la aplicaban a cuantos jefes militares modificaban por su propia iniciativa las órdenes recibidas, y los romanos, que la copiaron de éstos, hicieron de la misma el complemento de un suplicio que en el campo se aplicaba a los esclavos.

   El término cruz tiene relación con la raíz goda “hrugga”, que significa bastón, y es propiamente un madero alto que se clavaba en la tierra al cual se unía en la parte superior en sentido transversal otro madero más corto: el patíbulo. La cruz era solamente el madero vertical pero, a veces, se llamaba así por extensión todo el conjunto de los dos maderos. Había cruces altas y cruces bajas. En éstas últimas los pies del ajusticiado quedaban muy cerca del suelo y solían emplearse, como en la época de Nerón, cuando se quería que las fieras se cebasen en el cuerpo de los crucificados. Las cruces altas, en cambio, dejaban los pies clavados del crucificado a un metro más o menos del suelo, produciéndole la muerte por la dificultad de la circulación de la sangre que se acumulaba en los pulmones, asfixiándolo y oprimiendo el corazón hasta dejarlo sin movimiento. Así murió Jesucristo, que fue llevado a crucificar cargado no sólo con el patíbulo sino con la cruz completa después de ser salvajemente azotado.

   Los cristianos predicamos, por tanto, un Mesías crucificado y sólo en el misterio de la cruz está la salvación del hombre. No hay más camino de seguirle que éste de negarse a sí mismo y tomar la cruz, y nuestro crucifijo es nuestra luz. Por eso, como cada persona, todas las cruces son diversas, nunca se encuentran dos iguales, y sin embargo, cualquier cruz que Dios envíe a sus criaturas no es más que una parte y un reflejo de la Cruz de nuestro Redentor.


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