Las Apariciones de Fátima

Publicado: Jueves, 11 Mayo 2017 Imprimir

   En este año celebramos el centenario de las Apariciones de Fátima, ocurridas de Mayo a Octubre de 1917 en Cova da Iria, paraje situado cerca del pueblo homónimo y Aljustrel, aldea en la que vivían los tres videntes. En aquel momento Europa asistía a uno de los períodos más turbulentos de su historia, sumida en la Gran Guerra y en vísperas de la fatídica Revolución Rusa, cuyas terribles consecuencias afectarían en adelante a otras naciones; nadie podía imaginar, pues, que en un recóndito y olvidado rincón del centro de Portugal iba a acontecer lo que para muchos constituye el hecho más transcendental e importante del siglo XX: la Virgen María se aparecía a tres humildes pastorcitos, Francisco, Jacinta y Lucia, para "RECORDAR AL MUNDO LA NECESIDAD DE EVITAR EL PECADO Y REPARAR LAS OFENSAS A DIOS POR MEDIO DE LA ORACIÓN Y DE LA PENITENCIA".

   Es lo que en su conjunto se conoce como el Mensaje de Fátima, transcrito en tres partes por sor Lucía años más tarde en su clausura, de las cuales las dos primeras relatan la visión del infierno, lo concerniente al Corazón de María y los errores que Rusia extendería por el mundo, mientras que la tercera, escrita a fines de 1941, no se difundió entonces, lo que la rodeó de conjeturas apocalípticas hasta su revelación en el año 2000, aunque todavía hay quienes, no satisfechos con la interpretación ofrecida por la Iglesia, incluso sostienen que existe un cuarto misterio que no se ha mencionado, pero cuyo extremo ésta niega; en cuanto a los acontecimientos profetizados en dichas apariciones la mayoría han quedado sobradamente acreditados, así como los que, según la Santa Sede, conforman el controvertible tercer secreto.

   Pero no me voy a referir ahora a su contenido o a sus implicaciones políticas y sociales, que sin duda las tiene, especialmente a raíz del fallido atentado el 13 de Mayo de 1981 (aniversario de las Apariciones) contra el Pontífice, hoy santo, Juan Pablo II, sino a mi experiencia personal, pues yo estuve en dos ocasiones en Fátima y puedo testimoniar, absolutamente convencido, que mi fe y mis expectativas fueron correspondidas.

   La primera vez que fuí, angustiado por insoslayables preocupaciones, acudí con un grupo de peregrinos para implorar el auxilio de la Santísima Virgen, ayuda que obtuve con creces en aquella emocionante Procesión de las Antorchas que diariamente, tras el rezo del Rosario, recorre la explanada del Santuario con la imagen de Nuestra Señora entre cánticos marianos de la multitud congregada, y en la que tuve la dicha de ir como penitente justo detrás de su paso. Años después, con ilusión, regresé para agradecerle su inestimable intercesión, y porque, además, cuando ya se ha estado allí subsiste para siempre un inefable sentimiento como por reencontrarse, una especie de atracción por volver a hallarse en el lugar donde se apareció a los pastorcitos y en el que se respira tanta paz. Por supuesto, hoy Fátima ya no es aquel sitio perdido y desconocido que fue, sino uno de los destinos de peregrinación mariana más importantes del que no se vuelve indiferente.

   No obstante, es a mi madre, que en gloria esté, a quien le debo esta gratificante devoción a la Virgen de Fátima que me inculcó ya desde pequeño con las estampas y los interesantes libros de las apariciones, y, sobre todo, con la oración del Santo Rosario que en alguna ocasión me llevó a rezar al madrileño parque del Retiro, donde los primeros sábados de mes por la tarde, junto al estanque del Palacio de Cristal, acudían otras personas devotas con intención de desagraviar, como pidió la Virgen, a Nuestro Señor Jesucristo y a sus Inmaculados Corazones, además de rogar por la paz en el mundo y por España, que en aquellos años ya empezaba a torcerse audazmente con sus "recién estrenadas libertades" y su nueva Constitución consensuada entre marxistas y oligarcas.

    En conclusión, en esta cuestión de las Apariciones de Fátima, y atendiendo a lo que dice Tomás de Kempis, no vacila en la fe quien se afianza en la palabra de Dios... En materia de fe no le toca al entendimiento escudriñar, sino creer, pues lo fundamental de estos sucesos ya centenarios es que la Madre del Señor se apareció a esos benditos niños y, por ende, a toda la humanidad, para darnos esperanza y anunciar al mundo:

 

“Por fín, mi inmaculado Corazón triunfará”.

 


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