Martes y siete

Publicado: Martes, 07 Enero 2020 Imprimir

   Una fecha que pasará a la necrológica política como el día en que capituló la democracia, esa "que nos dimos todos los españoles", y que están enterrando lo que parece un Gobierno de sepulteros. Por otra parte, se suele hablar coloquialmente de cadáver político cuando alguien con relevancia en su partido deja de contar entre sus filas, lo raro es hacerlo de zombis envueltos en viejos fantasmas.

   La izquierda nunca aprende las lecciones, aunque toma nota de sus fracasos para reprochárselos después al adversario; ellos nunca yerran porque, generalmente, sus coartadas se basan en injustas incomprensiones y un victimismo hipócrita que supera lo inimaginable a falta de ideales y principios. Por eso, sorprende que el destino de una nación con siglos de historia penda de bandazos ideológicos renacidos de lo peor de nuestro pasado reciente, superado tras una confrontación civil y un extenso periodo de reconstrucción y reconciliación coronada con la vigente Constitución. Pero cuando no se tiene nada que ofrecer el único argumento es una reputación improvisada.  

   En este sentido, -y no por las heridas sin cerrar, sino por el abrazo del oso de exiliados mitificados que tomaron parte activa en aquella guerra-, fue un error que el país caminara tan deprisa hacia la democracia (o, mejor dicho, hacia el sistema de partidos), como manifestó Jorge Luis Borges que en aquel momento llegó incluso a añadir que "las elecciones se debían postergar trescientos o cuatrocientos años para lograr no un Gobierno de hampones democráticos, sino un Gobierno honesto y justo". Cómo conocería el percal el escritor argentino para opinar así, lo cual, aunque suene hoy a exagerado, nos conduce a admitir que de aquellos polvos vienen estos lodos. Pero por ahí andaba el camaleónico Suárez, hasta hace nada Ministro-Secretario general del Movimiento, con su puedo prometer y prometo.

   Volviendo a la investidura, de la retahíla de necedades que se dijeron una de las más desacertadas fue la de evocar la figura de Azaña, tal vez, para adornar con sus reflexiones la pobre retórica de un solemne fraude democrático orquestado por la facción más radical del socialismo, si bien, dicha referencia hechizó igualmente a Aznar en su momento, allá por la década de los noventa mientras concedía la nacionalidad española a unos vetustos esbirros de Stalin que lucharon por la democracia.

   En el fondo, el progresismo rampante añora aquellas turbulencias políticas en las que siguen anclados sin miras de futuro, menuda paradoja, aunque sin reparar en que su admirado político también soltó que no quería ser presidente de una república de asesinos cuando ya se le fue la cosa de las manos. Sin duda, su ignorancia supera su sectarismo, por lo que es previsible el desaguisado que ocasionarán a corto plazo (que es lo que deberían durar en el Gobierno por el bien de España), empezando por empobrecer y dividir más al país mientras ellos y sus vástagos engordan y acumulan dejando a los demás a la luna de Valencia, en la que, por cierto, Teruel es donde existe.

   Fue para no perderse el entusiasmo con que la televisión pública, y otras cadenas que ya no engañan a nadie, vendían descaradamente el remate de su vanidoso ídolo, de vergüenza, elegido tan sólo por un voto de diferencia y, encima, habiéndose votado a sí mismo. Uno, que no dos.

   En fin, todo un alarde de fraternidad nacional y un histórico triunfo para el flamante candidato eterno y, especialmente, para el zaparrastroso vicepresidente que con mucho cuento ha pasado de ser un don nadie a vivir a cuerpo de rey en cuatro días. Por algo se dice que el que no llora no mama, y bien que lo demostró a moco tendido.