Sin duda, no hay argumento más convincente que el que se da con la propia conducta.

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El Congreso de los Ratones

Publicado: Viernes, 10 Enero 2020 Imprimir

   En el guiñol el público infantil suele participar de la representación previniendo a los muñecos buenos de los engaños de los malos, produciéndose un griterío ensordecedor que añade más confusión a la emoción del instante. Generalmente, la última escena termina a garrotazos, provocando las risas y los aplausos de los más pequeños que celebran el merecido escarmiento del villano y el triunfo del amor, que simboliza el bien y la felicidad.

   Aunque pensado originariamente para todas las edades, el guiñol es hoy un espectáculo orientado hacia los niños, una divertida función sin complicaciones, en cambio, lo que resulta ya penoso es contemplarlo en política, convirtiéndola en otro teatrillo sin pizca de gracia ni divulgación de valores y, además, sin que valga de mucho intervenir como sucede en los títeres, pero es a lo que se ha llegado en España por la ambición de un personaje cuyos hilos ya no esconde, pero que simula manejar con sus desprecios y prepontencia.

   Sin embargo, tal como empieza la cosa, tampoco es descabellado suponer que la legislatura se sustanciará a la manera de un guiñol, con esa exótica amalgama de partidos que le acompañan en su aventura y que conduce como a pipiolos desobedientes a la Isla de los Juegos de El Cochero (en Las Aventuras de Pinocho), para transformarnos en burros y hacer su santa voluntad.

   En este sentido, e igualmente con el patrocinio de los medios de comunicación afines, lo peor es el coste que pagaremos los españoles a los que amedrentará con el oportuno Consejo de Ministros endureciendo sus leyes más conflictivas y sumando otras nuevas, si cabe, más polémicas, ya que encima de generar crispación -como decía su mentor-, relegarán a un segundo plano los problemas reales de los ciudadanos.

   Por otra parte, es notoria la incapacidad de los socialistas para producir riqueza en el país y su endémico despilfarro, que ya apunta maneras con la creación de más inútiles ministerios y varias vicepresidencias, porque al margen de estrategias internas para controlar el poder, al final todo se traduce en la ruina de las empresas, el aumento del paro y en la escasez general.

   Lo más chocante es que los españoles jamás aprendemos, y como si fueran parte de un ciclo constante, vuelven a las andadas cuando el sabio pueblo español -que dijo uno- se ha olvidado de sus huellas, y al que se le sosiega puntualmente con inhabilitar o meter en el trullo a unos incautos secundarios mientras los protagonistas del desbarajuste se van de rositas. Pero eso siempre pasa.

   Por cierto, el título del post es de una fábula de Samaniego, cuya moraleja también viene al caso y con la que, asimismo, concluimos:

"Proponen un proyecto sin segundo. Lo aprueban.

Hacen otro ¡Qué portento! ¿Pero la ejecución?

Ahí está el cuento".