Sin duda, no hay argumento más convincente que el que se da con la propia conducta.

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Tropezando en la misma piedra

Publicado: Martes, 14 Enero 2020 Imprimir

   Lograda la insólita investidura de esta gente, que no promete casi nada bueno, toca ir cambiando de tercio por aburrimiento, aunque no sin antes concluir con que depende de los españoles hasta donde lleguen, pues, en teoría, la ley es igual para cualquiera y España la misma para todos. Se supone que el Estado de Derecho surgió para amparar a sus súbditos, no como un armatoste normativo al capricho de los partidos.

   Pero eso se deriva de lo que influyan éstos en las instituciones, de las que depende la neutralidad, comprometida como se está viendo, y la buena marcha de la democracia, y en las que, según señalan algunos medios, ya han empezado las intromisiones políticas junto al incremento de innecesarios ministerios, colonización que no es sólo efecto de la congénita actividad parasitaria de la izquierda (que es lo único que escandaliza), sino una estrategia necesaria para abusar de sus prerrogativas. "En una invasión -indica el Sun Tzu-, cuanto más se adentran los invasores en el territorio ajeno más fuertes se hacen, hasta el punto de que el gobierno nativo (entendido como legítimo) no puede ya expulsarlos". Y es, concretamente, lo que ha ocurrido en ciertos países.

   Curiosamente, el calendario de este año coincide con el de 1936, cuando se impuso fraudulentamente el Frente Popular (socialistas, comunistas y separatistas) en las elecciones, así que si alguien conserva un almanaque de entonces puede utilizarlo tranquilamente (es un decir), con la certeza de que le vale igual y sucedía algo parecido. Tampoco es momento de recordar aquel periodo, tratado ya en posts anteriores, aunque deberían tenerlo presente aquellos a quienes les incumbe la salud de la nación y que, al contrario que los partidos, sustentan su razón de ser en sus siglos de historia.

   Como en la estatua de la Justicia de la diosa Temis, en la de la alegoría de la Ocasión la hermosa mujer que la representa tiene igualmente velado el rostro, pero con la diferencia de poseer alas en los pies, pues los hombres raras veces la conocen cuando se pone delante y enseguida se esfuma y ya nadie la alcanza, lo que viene muy a propósito de lo que está en juego.

   Con todos sus defectos, tenemos una envidiable democracia en muchos aspectos (y con monarquía incluida), la cual se la debemos, paradójicamente, a quien se le recrimina haber truncado otra que acabó como el Rosario de la Aurora, precisamente por los mismos partidos que nunca las asumen y que ahora, tras cuarenta años de vigencia y con otros tantos a su espalda de reconstrucción nacional, no parece terminar de contentarles, si acaso como un trampolín hacia sus contradicciones, cuyo propósito es socabarla. Y en esas seguimos.