Alimentos

Publicado: Jueves, 07 Septiembre 2017 Imprimir

   Lo transcendental que puede llegar a ponerse uno cuando va aburrido al volante, y porque me fijé en la camiseta de un motorista que tenía impresa la frase: “Cuando veo a Dios, sé que es el momento de frenar”.

   En aquel momento, me dirigía al supermercado abstraído en mis cosas, pero aquello me hizo reflexionar sobre la incredulidad y el hedonismo que imperan cuando se ha dejado de creer en Dios, porque cuando el hombre coloca su fin en sí mismo, permanece limitado a sí mismo, y él mismo no es gran cosa.

   Así nos hallamos de desnortados, sujetos a nuestra voluntad e insatisfacciones cuando no la complacemos, por eso siempre me ha hecho gracia el tópico progresista de que ser creyente tropieza con lo moderno, entendiéndose por tal afianzarse en el consumismo más absurdo o en ridículas modas incompatibles con el arraigo y que rechazan lo que antes con sacrificio otros lograron, dispensándose más interés al instante que a la persistencia o mayor valor a las cosas que a las personas.

   Lo corriente es que lo que le preocupe a cada cual sean sus problemas, pero esta actitud individualista, tan propia de sociedades desarrolladas, nos ha llevado a desentendernos de cuestiones capitales que nos afectan directamente, o a que no todos les concedamos el mismo interés e incluso las despreciemos porque, sencillamente, no las valoramos de igual manera o no nos interesan, como el sentimiento nacional o las creencias religiosas, factores, al fin y al cabo, que nutren la razón de nuestra coexistencia. En este sentido, escribió Ortega que lo común en la gente es negarse a reconocer la profundidad de algo porque se exige de ello que se manifieste como lo superficial, aunque si tales fuesen las obras de Dios, que fácilmente se pudiesen comprender por la razón humana -que alega Tomás de Kempis-, no se dirían inefables ni maravillosas. A propósito de esto último, me encantó lo que dijo en su reciente concierto el músico Roger Hodgson a su público madrileño antes de interpretar Lord Is It Minehablar de Dios... es mucho.

   Pero ahora voy a pasar a la compra que, como ya indiqué al principio, era a donde iba, y en la que al poco de llegar un crío chocó el cochecito de paseo que empujaba contra mi carro, que aunque supongo que sin querer, ya empieza a parecer una tendencia. Aquello le valió la regañina de su madre porque, según le espetó, iba montada la niña...; sólo le faltó a la sofocada mujer, cubierta hasta la cabeza con su vestimenta musulmana, haberse disculpado para haber quedado como una señora, aunque de sobra me conformé con no tener que ir a cambiar los huevos al estante.

   Anécdotas aparte, continué cogiendo que si desayunos, leche, unos espárragos de China, gaseosas, conservas, algo de fruta, verdura y algún artículo más para, finalmente, situarme en la zona de la carne que está justo antes de la salida, temiéndome que me iban a desplumar como al pollo fileteado de la bandeja que entonces sostenía en mis manos; entiendo que las cosas cada vez se encarezcan más, aunque lo malo sea que el coste de la vida no suela ir en consonancia con los ingresos acompasados de uno.

   Quién no recuerda que poco antes del dichoso euro el dinero te cundía el doble, aprovechándote más las mil pesetas de entonces que su equivalente actual de seis euros, pues con diez mil pesetas ya no podías con el carro y hoy con sesenta euros no le alcanza ni para una semana a una familia convencional, por no hablar del famoso "redondeo" cuando se convergieron. Desde luego, con los citados seis euros vas listo con una docena de huevos, como mucho medianos, un litro de leche entera y un pack de tres latitas de atún, obviamente en aceite de girasol y todo de marcas blancas, que es ese "producto de marca de un distribuidor que tiene como objetivo ofrecer a un precio más atractivo una calidad aceptable con el margen más optimo para el distribuidor" (sic), según he leído en un medio que dice citar el manual de empresa que reciben los empleados de esa cadena, y que conste que a mí me parecen excelentes.

   En fin, supongo que estamos acostumbrados a esta vorágine, aunque nunca me habituaré al frenético pitido de las cajas en las que encima te toca aportar las bolsas si no quieres que te las cobren, lo cual, además de cutre, me parece una tomadura de pelo encima que les compras; resultará muy ecológico y respetuoso con el medio ambiente, que es la excusa que han adoptando unos detrás de otros desde que al primero se le ocurrió la idea para ahorrarse costes, si bien, a nadie se le escapa que es de lo más roñoso y cicatero que se podía esperar.

   Y ya que hablamos de comida, para terminar, me referiré a esta estúpida moda televisiva de recrearse con exquisiteces y suculencias ante un jurado salivoso y arrogante que gusta de humillar a unos concursantes atacados de los nervios, ocurrencia que contrasta con la escasez de muchísima gente, pero que roza la desfachatez cuando te sueltan que los excedentes sobrantes serán donados a comedores sociales… Me imagino que incluyendo los chuletones, gambas, centollos y bogavantes. Aunque para qué sorprenderse a estas alturas, si estamos rodeados de miseria moral y codicia. Más adelante ya trataré de la televisión, con la que hay que tener mucho estómago para digerir lo que te echan.

   Como vaticinó Chesterton, la verdadera religión actual no se preocupa de dogmas o doctrinas, se preocupa casi únicamente de la dieta.


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