Erase una vez España

Publicado: Jueves, 28 Septiembre 2017 Imprimir

   - "De nada sirven las declaraciones altisonantes cuando todos los días lo ilegal se tolera y no se sanciona", apreciación que hubiera sido deseable escuchar de algún diputado del Congreso frente a las pretensiones secesionistas en una parte de España. Por contra, eso fue lo que al menos manifestó, en las Cortes Generales de la transición, el entonces presidente del Consejo de Estado a colación del Proyecto de Ley de Reforma Política de Suárez, ex-falangista y anterior ministro de Franco, que se reveló como una liebre que saltaba del perjurio al puedo prometer y prometo o a legalizar por sorpresa y en festivo al proscrito partido comunista, de infame memoria, para al poco acudir a homenajear al fundador de la Legión que, además, había combatido contra los rojos. ¡Todo un fenómeno!, pero vayamos por partes.

  En el camino hacia el sistema democrático, suscitado ya en las postrimerías del Régimen anterior, concurrieron varios factores, unos legítimos y otros inconfesables, además de la injerencia de algunos países con intereses geopolíticos o estratégicos en España. De nada aprovechaban, pues, las remotas suposiciones del General que otrora imaginaba el horizonte de distinta manera: “Si se aplica bien la ley de sucesión el pasado no volverá, y la futura monarquía contribuirá a la grandeza de España y será una garantía de que no se podrá retroceder a las situaciones que superamos en nuestra guerra. La nueva constitución monárquica, basada en la ley de sucesión y en los principios fundamentales del Movimiento, tendrá fuerza suficiente para que sea respetada, y la flexibilidad necesaria para irse amoldando a las necesidades futuras de la nación”.

   Pero la monarquía de los Borbones no era, precisamente, la de los Reyes Católicos, y conforme se sucedían los acontecimientos claves se iba vislumbrando que aquel reloj de Franco no iba a coincidir con la hora infame del oportunismo político que, exhibiéndolo de consenso, escenificó la apertura de libertades mediante pactos insospechados y el retorno de una letanía de exiliados que se aferraban complacidos a cualquier ofrecimiento como el náufrago a lo primero que encuentra; de hecho, de la terna de candidatos para Presidente del Gobierno, que el Consejo del Reino presentó al Rey en sustitución del defenestrado Arias Navarro, el monarca escogió por idoneidad a Suárez, a pesar de que fue el que menos votos obtuvo, formalismo que no era vinculante para el Jefe del Estado que aún conservaba en su persona los poderes absolutos transmitidos por su predecesor.

   Así se inició el camino hacia la democracia liberal, para la que Franco aportó la monarquía y Suárez, de momento, la rehabilitación del comunismo ante la proyección de las primeras elecciones generales. No obstante, y teniendo en cuenta la rapidez con que se fueron produciendo aquellos cambios a espaldas de los españoles, que se enteraban a toro pasado, algunos de lo que tomaron parte activa o fueron testigos directos de éstos reconocerían que se habían cometido errores, como pasó con el sincero sentir de un ministro cesante de la época respecto al desmontaje de la Organización Sindical y las Autonomías, de las que dijo que nos arrastraran.

   Entretanto, poco quedada ya para la desconcertante noche del 23-F con la desoladora imagen del dimitido Suárez paralizado en su escaño, no sé si de miedo o porque se lo esperaba, mientras los asaltantes la liaban a tiros con el techo del hemiciclo. Pero la tarea para la que fue llamado estaba culminada. Un año después gobernarían los socialistas.


Próximo Post