Francisco Franco

Publicado: Martes, 14 Noviembre 2017 Imprimir

   Ya que parece que últimamente no se habla de otra cosa que de insensatos separatistas o pusilánimes gobernantes, y uno tiene lógicamente su paciencia y aguante, voy a cambiar de tercio aprovechando que en estos días se cumplen cuarenta y dos años de la muerte de Francisco Franco, trazando un sencillo esbozo de su figura histórica, tan desconocida como problemática por esa manía de atribuirle todos los males de España habidos y por haber.

Indiscutiblemente, Franco pasó a la Historia, ante la que se declaró responsable, pero tampoco conviene enmudecerla frente a quienes pretenden que la ignoremos para que no sepamos a dónde nos llevan otra vez.

   Sin embargo, referirse al 20 de Noviembre, fecha de su fallecimiento, es aludir también al fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, fusilado por los republicanos en 1936 el mismo día en la cárcel de Alicante, y sin cuya doctrina política no podría entenderse lo que se llamó el Movimiento Nacional sobre el que se apoyó el régimen surgido del 18 de Julio. De José Antonio dijo el líder comunista Santiago Carrillo, en una remota entrevista en TVE, que había sido el político más significativo en aquellos convulsos años previos a la Guerra Civil, reconocimiento que a mí me chocó por venir, precisamente, de un viejo enemigo declarado. Pero aquí lo dejamos para saltar a 1975, momento en el que murió Franco y yo contaba con siete años que me exoneran de pasado alguno, por si a alguien se le ocurre tacharme de franquista.

   En torno a este otro 20 de noviembre, en el que llegaba a su fin la agotada Dictadura -"dictablanda", que apuntó acertadamente la reina Sofía en alguna ocasión-, de lo poco que recuerdo es aquella imagen por televisión de miles de personas agitando al aire sus pañuelos blancos al paso de su féretro en una fría y soleada mañana, lo que simulaba un remolino blanco que a mí fue lo que realmente me llamó la atención, y cuya fisonomía se desvanecía a medida que el cortejo fúnebre se adentraba en la carretera que lleva a la Basílica menor de la Santa Cruz del Calle de los Caídos, en la que, por cierto, recibió sepultura no por expreso deseo suyo, puesto que ya tenía su sitio listo en la capilla del cementerio de El Pardo, sino por orden del Rey Juan Carlos I, a quien confiaba una España próspera y unida, aunque en aquella hora con el alma en vilo.

   Francisco Franco Bahamonde nació en 1892 en El Ferrol (La Coruña), ciudad distinguida en su honor con el apelativo "del Caudillo" hasta el advenimiento de esta democracia que ya empezaba a abrigar un embrionario rupturismo alentado por los partidos resucitados del ostracismo, al tiempo que sus inspiradores renegaban de su pasado por puro oportunismo político, favoreciendo el revanchismo que ha llegado hasta nuestros días con despropósitos, de todo menos democráticos, como la Ley de Memoria Histórica.

   Contrariamente a la percepción común que se ha impuesto, Franco destacó por su brillante trayectoria militar desde su bautismo de fuego en el campo de batalla, convirtiéndose en Gentilhombre de Cámara de Alfonso XIII en 1923 y en el general más joven de Europa en 1926 con treinta y dos años, pues su fulgurante carrera, vinculada estrechamente al protectorado en Marruecos, estuvo auspiciada por méritos propios -sólo obtuvo un ascenso por antigüedad-, que lo llevarían a desempeñar importantes responsabilidades dentro del Ejército tanto en la Monarquía como en la malograda II República.

   Con el estallido de la Guerra Civil fue encumbrado a la Jefatura del Estado el 1 de Octubre de 1936, pero su victoria en la contienda, su defensa a ultranza de los valores cristianos y la salvaguarda de la Patria le acarrearon el odio sempiterno de sus enemigos como resulta patente tras cuatro décadas de su desaparición, siendo el único gobernante en el mundo que venció al comunismo, salvando a la Iglesia en España de su terrible persecución colmada de mártires, y de donde el Alzamiento adoptaría el sobrenombre de Cruzada. A este respecto, el historiador norteamericano William Thomas Walsh señalaría: "Franco salvó a su pueblo del cruel destino que sufren las masas esclavizadas en Rusia y de todos los países conquistados por la hidra roja [...] A mí me gusta el Régimen de Franco por los enemigos que tiene; estos enemigos son aquellos que odian a Cristo y a su Santa Iglesia, los más blasfemos y los más hipócritas de este triste mundo. Son aquellos que con su propaganda diabólica pretenden hacer del mote fascista sinónimo de cristiano". En el mismo sentido, un desencantado Alejandro Lerroux, presidente del Gobierno en seis ocasiones durante la II Republica, escribió en el exilio: "Cuando el General Franco apareció en el horizonte de las esperanzas nacionales con la espada en alto, en España ya no existía un Estado ni forma alguna de legalidad. Desde mucho antes la autoridad y la ley habían dejado de ser una garantía para los derechos esenciales de la personalidad humana. Ni la vida, ni el hogar, ni la propiedad, ni la conciencia de cada ciudadano tenían otra seguridad que la que pudieran proporcionarle sus propios individuales medios de defensa". Hasta el propio Presidente Manuel Azaña, posiblemente el político más célebre de aquel agitado período, llegaría a manifestar, tras tener conocimiento de los crímenes cometidos en la cárcel modelo de Madrid, al comienzo de la guerra: "Yo no quiero ser presidente de una República de asesinos".

   Hombre católico y pragmático, su Régimen se caracterizó por una evolución eficiente en lo social, político y económico, partiendo de una posguerra marcada por la autarquía a causa del aislamiento internacional por parte de las naciones aliadas en la Segunda Guerra Mundial. El Papa Juan XXIII diría de Franco: "Da leyes cristianas, ayuda a la Iglesia, es un buen católico… ¿qué más quieren?".

   A grandes rasgos, impulsó la industrialización del país, la alfabetización de la población más desfavorecida y fomentó una clase media hasta entonces inexistente en España, convirtiendo una nación endémicamente atrasada y arrasada por la guerra en la novena potencia económica del mundo; su Plan de Estabilización de 1959 estableció las bases del desarrollo económico conocido como "el milagro español", equiparando a España con el resto de las naciones occidentales en una etapa en la que, desvanecidos "los demonios familiares de nuestro pueblo", como él llamaba a los separatismos, partidos políticos y a la lucha de clases, ya no se hablaba de vencedores y vencidos.

   En su testamento político perdonó de corazón a los que se declararon sus enemigos, deseando no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España, a la que dotó de una fórmula jurídica impecable, restaurando la misma monarquía que en 1931 pareció definitivamente clausurada con la marcha de Alfonso XIII y por la que en 1939, liquidada la República, casi nadie daba un duro, y, en fin, proporcionando con el tiempo las condiciones para establecer algún día esa acariciada democracia al estilo de las naciones de nuestro entorno que dicen ahora que nos hemos dado todos.

 


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