Los inocentes olvidados

Publicado: Miércoles, 27 Diciembre 2017 Imprimir

   Si el día de Los Santos Inocentes es conocido por las inocentadas y las mofas no es precisamente por lo que se rememora cada 28 de Diciembre, que es la matanza ordenada por Herodes contra los niños menores de dos años nacidos en Belén, hechos lejanos pero terribles en los que los verdugos arrebataron a las víctimas de los brazos de sus madres para darles cumplida muerte. En su impar Historia de Cristo, Giovanni Papini ya refiere que “cuando Jesús apareció entre los hombres los criminales reinaban, obedecidos, sobre la tierra; nacía sujeto a dos señores: el uno más fuerte y lejano, en Roma; el otro, más infame y próximo, en Judea”.

   Su motivo, por tanto, es cristiano, como también debieron serlo los traviesos monaguillos que en la Edad Media eligieron este día para hacerse bromas extendiendo esa práctica a las familias, aunque según otras conjeturas su origen pagano está vinculado en ese mismo periodo a "la fiesta de los locos", en la que todo estaba permitido sin que en nadie recayera la culpa, y por lo cual la Iglesia la hizo coincidir con dicha fecha para evitar comportamientos bochornosos.

   Pero no es la costumbre jocosa la que aquí interesa, sino su significación y lo que hoy representa ante la magnitud de abortos provocados desde que progresivamente se ha ido imponiendo en las sociedades como un derecho, porque el aborto legal es una idea comunista que la Rusia bolchevique introdujo por primera vez en Occidente hace un siglo, de hecho, Lenin (que enfermó de sífilis y no tuvo hijos) consideraba el derecho a abortar como “verdades básicas de los derechos democráticos del ciudadano y ciudadana” (sic), palabras muy reiteradas y asumidas por los políticos actuales. Desde luego, no veremos en este día lacitos de ningún color en la pantalla del televisor o en las solapas de aquellos, aunque, contrariamente a lo que algunos piensen, el aborto no sea moderno ni democrático o en España el infanticidio gire en torno a los 100.000 casos al año.

   Según reveló un conocido escritor y periodista en un programa de televisión hace algún tiempo, el hoy rey emérito consultó al mismísimo Papa ante la ampliación de la Ley del Aborto, y éste le indicó que podía sancionarla amparándose en que se trataba de una ley aprobada en el Parlamento. A este respecto, Santo Tomás señala que la ley que contradice la ley natural no parece ley, sino corrupción de ley, y esto concierne al Derecho positivo, es decir, al derecho creado por el legislador (o representantes políticos) y, por tanto, reconocido como tal por el Estado. Asimismo, en el Juramento de Hipócrates, considerado el padre de la Medicina y el más famoso médico de la Antigüedad, se prohíbe suministrar a mujeres embarazadas pesarios o abortivos, porque lo consecuente, y de sentido común, es que el hombre no obre contra su propia naturaleza ni pueda ser despojado de aquello que está vinculado a su desenvolvimiento natural, empezando por el instante de la fertilización en el que ya queda formada una nueva entidad biológica, o lo que es lo mismo, una nueva vida individual e irrepetible.

   Hace unos años una fotografía impresionante fue publicada en varios medios de todo el mundo; hasta un prestigioso diario norteamericano de tendencia izquierdista la tituló "La mano de la esperanza". En ella se observa claramente la manita de un niño aferrándose al dedo del cirujano que le está operando en el vientre de la madre, como diciéndole no me sueltes, que estoy aquí y quiero vivir. Desde luego, esta imagen vale más que mil palabras y, sin embargo, por muchos argumentos incontestables en defensa del no nacido habrá quien siga considerando el aborto como un derecho y al feto como algo sin personalidad (volvemos al Derecho positivo), aunque incluso hubo una ministra que dijo que tampoco era humano y se quedó tan pancha; al menos, los que así opinan deberían preguntarse dónde estarían de haber sido parte de esas "verdades básicas de los derechos democráticos", ¿verdad?


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