El pecado

Publicado: Viernes, 26 Enero 2018 Imprimir

   Ya en su momento Pío XII denunció la pérdida progresiva del sentido del pecado, y aunque para algunos pueda parecer algo sin mucha relevancia, la escasa entidad que hoy le otorgamos trasluce claramente el confinamiento en el que han quedado relegados los valores cristianos, porque, por desgracia, a la actitud de aquellos que nada quieren saber de la Iglesia, hay que sumar el laxismo que también los creyentes hemos abrazado a razón de estos tiempos. Nadie parece considerar, como señala Kempis, que si pudiese Dios ser destruido, lo sería por el pecado, que le es esencialmente contrario, porque Dios es Sumo Bien, y el pecado, el sumo mal.

   Decía Oscar Wilde que es la imaginación la que pone el remordimiento sobre la pista del pecado, aunque Santo Tomás, más profundo, hablando de la razón humana distinguió que hay algo en nosotros que puede llamarse la razón superior, que es cuando juzgamos las cosas en relación a Dios, y algo que puede llamarse la razón inferior, que es cuando éstas las vemos desde otros puntos de vista más mundanos o subjetivos, la cual no excluye conocer la verdad, aunque se trata de una verdad delimitada que se fundamenta en la relación existente de unas cosas con otras, y así andamos enredados continuamente en tantos planteamientos y discusiones inútiles.

   Fray Luis de Granada lo explica de otra manera más amena exponiendo que dentro del alma hay dos cosas diferentes que son espíritu y carne, las cuales por otros nombres los teólogos llaman porción superior y porción inferior. La primera es aquella en que está la voluntad y la razón, que es la lumbre natural con que Dios nos crió y por lo que el hombre es imagen de Dios; la segunda corresponde al apetito sensitivo que nos fue dado para apetecer las cosas necesarias a la vida y a la conservación de la especie, pero que al carecer de lumbre de razón no se hizo para guiar ni mandar, sino para ser guiada y mandada.

   Tal vez, en ese desconocimiento de lo que somos estaría la explicación a esa amalgama relativista en la que vivimos, cuyo mejunje nos desborda a través de motivaciones y mensajes que cosifican a la persona y la terminan vaciando moralmente (cada vez que enciendo la televisión termino arrepintiéndome); un síntoma de ello es la preeminencia del positivismo sexual, signo de una sociedad neurótica que no sabe a dónde se dirige, pero a la que parece darle lo mismo mientras ignora que, como dijo Chesterton, "cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa".


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