Aquella tele y mi 23-F

Publicado: Viernes, 23 Febrero 2018 Imprimir

   La primera vez que mis padres me dejaron ver la tele hasta bien tarde fue aquel 23 de Febrero de 1981, bueno, ya 24, mientras se presumía que el Rey iba a aparecer para dirigirse a los españoles. Aquella noche en televisión, llamada también de los transistores porque por lo visto todo el mundo lo tuvo pegado a la oreja, pusieron ya fuera del horario de emisión habitual la película El asombro de Brooklyn.

   Mi padre trabajaba por entonces cerca del Congreso, donde se habían escuchado unos disparos a eso de las seis de la tarde, y nos avisó para que no saliéramos a la calle. Al cabo de un rato vino y le acompañé a echarle súper al coche; recuerdo que la gasolinera estaba a tope, como cuando llegaba la Semana Santa. Luego regresamos a casa a esperar, como el resto, el desarrollo de los acontecimientos.

   Después de cenar me quedé viendo la televisión en pijama, partiéndome de risa con aquella estupenda comedia protagonizada por el genial Danny Kaye, y que al terminar dio paso al mensaje grabado del monarca y a la carta de ajuste, creo que sobre la una y pico de la mañana, señal que emitía un pitido agudo muy molesto que te incitaba a apagar el televisor inmediatamente.

   Y es que la televisión ya no es lo que era antes, sencilla y ponderada, con aquellos dos únicos canales que dejaban de trasmitir durante la madrugada con el himno nacional y con los que tenías que esperar una semana para volver a ver tu concurso o tus dibujos favoritos, en mi caso el Un, Dos, Tres y Mazinger Z. Una televisión en la que en el Telediario previo al último capítulo de Marco, tras no sé cuántos meses en antena, te anunciaban como un acontecimiento que por fin éste encontraba a su mamá, o en la que incluso la publicidad tenía cierta gracia. Tampoco es que la programación fuera una maravilla, menudos petardos que ponían también, pero la de hoy es un batiburrillo en la que parece que has dejado en la pantalla las pegatinas de cuando la compraste, aparte de ser punta de lanza de modas e ideologías de dudosa moralidad.

   En fin, aquélla era una televisión que veías cuando te interesaba y si no, la apagabas, aunque tuvieras que levantarte del sitio; ésta de ahora la encendemos casi irreflexivamente nada más entrar por la puerta, quedándonos pegados frente a ella sin importarnos si el mal gusto o la chabacanería entra en nuestros hogares, y eso que encima la controlamos a distancia.

   ¡Ah!, cuando desperté ya por la mañana aquello había acabado, con la actitud depuesta de los asaltantes y los diputados sanos y salvos dándose abrazos de júbilo en la Carrera de San Jerónimo, mientras a pocos metros un resignado Tejero despedía a los subordinados que le habían acompañado en aquella especie de aventura quijotesca. 

 

  


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