La comunión en la mano

Publicado: Lunes, 19 Marzo 2018 Imprimir

   No hay religión sin sacrificio, pues el sacrificio siempre ha sido el primer acto de culto. En el Antiguo Testamento las prácticas litúrgicas se reducían a los sacrificios de animales, más simbólicas que purificadoras del alma, y Jesús los abolió para sustituirlos por su oblación en la Cruz, de valor infinito.

   La propia misa es la inmolación del Calvario, el tránsito de Cristo desde este mundo al Padre, por ello, convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre es, sin discusión alguna, el acto de más poder de la Iglesia, cuya fe en la Eucaristía es su vida, por eso, dice Kempis que el que se abstiene algunas veces de recibirla por humildad o por alguna causa legítima es de alabar por su respeto, sabiendo que cualquier devoto puede cada día y cada hora comulgar espiritualmente con fruto.

   En este sentido, no deja de entristecerme que algo tan extraordinario se manipule con tanta frivolidad, pues si "tocar las Sagradas Especies y distribuirlas con sus propias manos es un privilegio de los ordenados" (Carta Dominicae Cenae, de San Juan Pablo II), a qué viene banalizar alegremente la tradición apostólica y la debida observancia a Dios, recibiéndose incluso sin la necesaria confesión. Algunos pensarán que al estar admitido por el papa no se comete falta alguna, aunque en realidad ninguno lo ha asumido de buen grado y lo tolera a instancia de la pertinente Conferencia Episcopal. Será tal vez por aprensión, aunque no se sabe de nadie que se haya contagiado de nada por recibirlo en la lengua, lo que contrasta cuando no se repara en besar los pies de una venerada imagen que se expone a tal fin. 

   Al sacerdote la Iglesia le obliga, al menos sub levi, a lavarse las manos antes de subir al Altar por limpias que las tenga, y ya en éste se ha de volver a purificar los dedos antes de la Consagración, porque aquí no se trata de que a uno le brillen las manos, sino de que es el Cuerpo de Cristo lo que se sostiene y sólo, en circunstancias normales -pues en otras excepcionales se admite-, debería hacerlo siempre el sacerdote. Con cuánta razón decía San Francisco de Asís a sus frailes: "Respetemos a los sacerdotes, sus manos nos dan el Cuerpo de Jesucristo". También es verdad que algunos de éstos son demasiado permisivos o parecen poco preocupados en su proceder, pero, de todas formas, hemos cedido a tantas cosas mal hechas que ya no sabemos distinguir un roto de un descosido.

   Como advierte San Bernardo, si recibís a Cristo indignamente coméis el juicio de vuestra condenación, no haciendo el discernimiento que debíais del Cuerpo del Señor […], o como compañeros de Judas, en quien después del bocado entró Satanás.

   Según un dicho alemán, la mejor almohada es una buena conciencia, y a Dios no es para tomárselo a la ligera.


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