A propósito de ridículos

Publicado: Martes, 03 Abril 2018 Imprimir

   Las conductas humanas se encuentran subordinadas a una gran diversidad de regulaciones, aparte de las jurídicas, como son, principalmente, las normas morales y los usos sociales, que además suelen ejercer una influencia incluso mayor que aquéllas en el individuo.

   En un primer momento de la Historia la religión determinaba todo lo demás, pero ya en la Edad Moderna comenzó a producirse una fragmentación en las relaciones entre estos órdenes normativos con la progresiva secularización del saber, en cuanto a su conexión o dependencia, aunque tampoco es tan sencillo desprender al hombre de aquello que está vinculado a su origen y a su desenvolvimiento natural, por mucho que algunos se empeñen en borrar hasta sus más arraigadas tradiciones.

   “La tradición - decía Vázquez de Mella- es el progreso hereditario; y el progreso, si no es hereditario, no es progreso social. Una generación, si es heredera de las anteriores, que le transmiten por tradición hereditaria lo que han recibido, puede recogerla y hacer lo que hacen los buenos herederos: aumentarla y perfeccionarla. Puede también malbaratar la herencia o repudiarla. En este caso, lega la miseria o la ruina […] Los hombres grandes son aquellos que saben conservar, en una sociedad intangible, la herencia de la tradición”. Indicio éste último de que en política hoy en España escasean esa clase de personas.

   Y todo este rollo viene a colación por un tuit del responsable de Economía de Ciudadanos -otro impertinente más-, en el que decía a la Ministra de Defensa que dejase de hacer el ridículo por justificar que las banderas permanecieran a media asta con motivo de la Semana Santa, en pos de la separación entre Iglesia y Estado por su carácter aconfesional (por lo visto, ahora eso tiene mucho que ver con las finanzas), aunque para ridículos los que últimamente hacen ellos posicionándose políticamente de una parte para luego salirnos con aquello de donde dije digo, digo Diego. Sin duda, gente de fiar.

   Y es que a estos naranjitos cada vez se les nota más el plumero. Un partido que, aparte de hacer funciones de sereno o de árbitro, y no ser opción de nada, al mismo tiempo que abraza el marxismo cultural (ideología de género, aborto, memoria histórica,...) se doblega a los intereses de los poderosos lobbys económicos con la bendición laica del club Bilderberg. Hasta trasmiten la sensación de que acarician su victoria en las próximas elecciones porque las encuestas les favorecen, y lo que se van a reir algunos cuando llegue ese momento.

   Pero es lo que toca ahora. Nuestro Parlamento parece el gorro que llevaba Bob Marley de colores que tiene, por no compararlo con otra cosa, que si rojos, morados, naranjas..., e iba a decir azules, que lo que pintan es un negro horizonte cada cual a su estilo.


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