Un día que celebrar

Publicado: Martes, 10 Abril 2018 Imprimir

   Uno no cumple medio siglo todos los días, así que la ocasión merece su post. Cuando nací en aquella primavera del 68, España acababa de ganar el Festival de Eurovisión y ya habían quedado atrás muchas de las penurias que endémicamente arrastrábamos, tanto era así que éramos la novena o décima potencia mundial y un destino turístico de primer orden.

   En clave política, aquel año la salud de Franco comenzaba a resentirse aceleradamente, España concedía la independencia a Guinea Ecuatorial, regresaban del exilio la Reina Victoria Eugenia y su hijo el Conde de Barcelona con motivo del nacimiento del actual rey, explota el Mayo Francés con el consiguiente contagio a nuestras universidades y el sanguinario terrorismo etarra se estrenaba por primera vez asesinando a un comisario de policía; un año que concluyó con el Apolo VII circundando la Luna en Nochebuena en tanto por nuestras carreteras seguían rodando aquellos emblemáticos seiscientos, en uno de los cuales, justo un lustro antes, se mató en accidente un tío mío que empezaba a ser una gran promesa del toreo, vocación, que puedo jurar, no le venía de familia.

   Respecto a mi historia, no hay nada extraordinario que contar. Mi recuerdo más lejano proviene de cuando aún gateaba y me escondí detrás de un enorme macetero de un hotel junto a la playa, aunque supongo que no tardaron mucho en encontrarme. Mi infancia fue la de un niño normal, diría mejor, afortunado, pero pronto llegaría mi primer disgusto al comienzo de unas vacaciones nada más presentarnos en el pueblo, cuando me birlaron un teléfono de juguete como el de la foto que me dejé olvidado en el portal mientras subíamos las maletas.

   En fin, pertenezco a esa generación de la EGB, el Cinexin y el walkman que vivió una sucesión de incipientes cambios sociales que han terminado transformando vertiginosamente ese mundo que indagábamos de la mano de nuestros padres, un tiempo del que guardo imborrables recuerdos que nos moldearon para alcanzar abandonadas aspiraciones y del cual, sin embargo, ya no somos ni un modesto reflejo.

   Soplaremos las velas como hacíamos entonces, a Dios gracias, pensando en algún pequeño deseo que antaño soñábamos realizar.

 


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