Isabel la Católica

Publicado: Martes, 24 Abril 2018 Imprimir

   El pasado domingo estuve en la charla que dio un conocido periodista sobre la Reina Isabel la Católica en una céntrica iglesia de Madrid, y en la que de forma amena repasó algunas de sus cualidades y virtudes más destacadas. La anécdota o la sorpresa es que tuvimos que escucharla a través de un móvil porque el conferenciante no pudo llegar con el coche a causa del maratón popular. Al finalizar, se ofició una hermosa misa por su beatificación.

   Precisamente, se acaba de reactivar su proceso de canonización por iniciativa de los arzobispos de Valladolid y Toledo, promovido justo ahora hace sesenta años, y que en 1972 había quedado interrumpido por el fallecimiento del canónigo responsable de la investigación histórica y el carpetazo de la Congregación para la Causa de los Santos, creada en sustitución de la Sagrada Congregación de Ritos por Pablo VI y cuya animadversión hacia España podría compararse a la del actual, quien tampoco se ha dignado visitarla ni con motivo del V centenario de Santa Teresa.

   Sin duda, estamos ante uno de los personajes más extraordinarios de la Historia y que desde su condición de reina hizo bastante más por extender y salvaguardar el cristianismo que muchos de los que sucesivamente han ido ocupando la Cátedra de San Pedro, santidad de la que están convencidos casi todos los obispos españoles y de otras partes del mundo, y que desde su paralización no han dejado de pedir su beatificación. Para que luego señalen a la Iglesia por razón de esos obispos politizados que realmente no representan nada a pesar de llevar el hábito.

   Como hemos apuntado, en 1958 comenzó este proceso en Valladolid por determinación de Monseñor José García Goldáraz, siendo papa Juan XXIII, aunque tras la labor de los historiadores el Vaticano lo suspendió en tiempos de Pablo VI, produciéndose a partir de 1990 tímidos intentos de recuperarlo. Huelga decir que por su transcendencia, Isabel la Católica cuenta con numerosos defensores en este camino hacia su santificación, así como con detractores dentro incluso de la propia curia romana que, servilmente, se aúnan con la oposición radical de judíos y musulmanes que no sé qué diablos pintan en este asunto, como si los católicos nos metiéramos en sus cosas de la Torá o el Corán; de los incrédulos, mejor no hablar.

   Su religiosidad fue sincera y profunda, inculcada desde la cuna por su cuidadora, la futura santa Beatriz de Silva, fundadora de las Concepcionistas cuando todavía faltaban más de trescientos años para que la Iglesia declarara dogma la Inmaculada Concepción. Sentía especial devoción por San Juan Evangelista, al que escogió como patrono de sus obras, de ahí que incluyera en su escudo de armas el águila con la que la tradición cristiana lo simboliza: para Isabel el cristianismo y la Iglesia eran Verdad absoluta. Habitualmente en sus viajes y desplazamientos llevaba consigo varios ejemplares del Kempis y otras lecturas contemplativas, atribuyéndosele asimismo la creación de los primeros hospitales de campaña entre otras piadosas realizaciones.

   Lo que es un hecho es que casi la mitad del catolicismo actual se debe, en gran medida, a esta mujer singular, como apuntó el historiador Vidal González, que no expulsó a los judíos por racismo, sino por razón de Estado para construir la unidad del reino: "Todos los judíos de mis reinos –escribió- son míos y están bajo mi protección y a mí pertenece de los defender y amparar y mantener en justicia", que, además, puso broche final a la Reconquista y que, en contra de lo que sostienen sus críticos, se opuso a la esclavitud con la cual siempre se mostró muy rigurosa invocando la doctrina de la Iglesia, no en vano, en su testamento, el último pensamiento fue para los indígenas de las tierras recién descubiertas a fin de que fuesen tratados como súbditos, o sea, personas libres destinada a convertirse en cristianos.

   Su esposo, el rey Fernando, comunicaba la triste noticia de su muerte en Medina del Campo con estas palabras: "Aunque su muerte es, para mí, el mayor trabajo que en esta vida me pudiera venir, y por una parte el dolor de ella y por lo que en perderla perdí yo y perdiendo todos estos reinos, me atraviesa las entrañas, pero por otra, viendo que ella murió tan santa y católicamente como vivió, es de esperar que Nuestro Señor la tiene en la gloria, que es para ella mejor y más perpetuo reino que los que acá tenía".

   Creo que los españoles tenemos hoy la ocasión única de recobrar nuestra identidad nacional en torno a esta excepcional figura histórica, cuya intensa fe y confianza en la Providencia jamás le abandonó para engrandecer a España y llevar el Evangelio hasta los confines de la Tierra. Yo, a partir de ahora, voy a empezar a rezarle.


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