Personarse en el porvenir

Publicado: Lunes, 14 Mayo 2018 Imprimir

   A la vista de la podredumbre moral que nos rodea no es extraño lo que está pasando en España. No en vano, los principales medios de comunicación nos bombardean diariamente con noticias instrumentalizadas al tiempo que soplan la mecha que mantenga viva la expectación. Algo, sencillamente, esquizofrénico.

   Escándalos y dimisiones, anatemas y componendas. Pero si irritante es soportar esa orgía mediática más deprimente es padecer una democracia sobre la que anochece la libertad y el crepúsculo invita a resguardarse, o dicho en cristiano, en la que la verdad molesta y sostenerla resulta contraproducente.

   Ciertamente, cabría darle la razón a quien dijo que para el liberalismo es perfectamente aceptable intentar la destrucción de todo lo existente aunque respetando las formas legales -lo estamos viendo-, pues para estos partidos supuestamente conservadores la ley no se justifica por su fin sino por su origen, es decir, que una ley es buena y legítima si ha logrado la aquiescencia de la mayoría de los sufragios, así contenga en sus preceptos atrocidades mayúsculas o provengan del sectarismo, en este caso mantenidas por patológicos complejos cuando se les acusa de quebrar la democracia, esa que ninguno asume.

   Con semejante proceder es imposible atajar el irrefrenable revanchismo de la izquierda trasnochada o las pretensiones de los desleales separatistas; jamás se cansarán de demandar derechos que después niegan descaradamente a los demás y que emplean para destruir España, desunir a las familias o manejarlos a su capricho, porque con este Gobierno, recurriendo a un símil, ocurre como con una enfermedad silenciosa, que cuando al fin se manifiesta ya no tiene remedio: aborto, eutanasia, memoria histórica, nacionalismos, género y número.

   La conclusión inevitable es que sobran políticos, politiquillos y faltan dirigentes que crean de verdad en lo que dicen creer, o dicho en román paladino, que a España se la están merendando diecisiete parlamentos termiteros a causa de su abandono.

   Al menos, parece que una parte de la sociedad española se va dando cuenta, aunque todavía siga ilusamente esperanzada en el resplandor de unas siglas que no aprenden de experiencias pasadas y que nunca darán la talla, pero es difícil vencer la mala costumbre, y como señaló San Isidoro, el hábito depravado apenas se borra y una asidua costumbre se convierte en una segunda naturaleza. De hecho, nuestros políticos siempre vuelven sobre sus viejas carencias y espejismos, incapaces de personarse en el porvenir.


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