Las indepemías

Publicado: Martes, 29 Mayo 2018 Imprimir

   Desde que nos las colaron, lo de esta democracia con las autonomías se ha salido de madre, aún estamos con el desafío catalanista y ya empiezan a ningunear sus equivalentes vascos con ese pretendido nuevo estatuto que es el colmo de la desfachatez.

   Ya no se trata de esta o aquella competencia, de un transvase o de recuperar un tesoro, sino de la supervivencia de la propia nación, la más antigua de Europa y "la más hermosa de todas [...] Tierra bendita y feliz, madre de príncipes y de pueblos", como ensalza San Isidoro.

   Cuando pienso en la disgregación a la que España está expuesta me vienen a la memoria aquellos años que pasé junto al Mediterráneo, en un lugar al sur de Valencia bañado por arrozales y rodeado de huertos y naranjos arrancados más tarde por la fiebre inmobiliaria. Me sentía en casa, la mar de a gusto, sin inconveniencias lingüísticas ni menoscabo por parte de mis compañeros de clase. Estaba acabando la EGB y me adapté como un niño más, haciendo enseguida amigos que no he olvidado. A veces oía a los maestros charlar en su lengua vernácula, cosa menos corriente en los de mi edad -excepto para soltar palabrotas-, pero me parecía lo más natural y no me afectaba en nada. Hoy, en cambio, la web de aquel colegio está sólo en valenciano y supongo que las clases las impartirán también así. De todas formas, con tanta administración diferente parece que estás en el extranjero cuando en otra haces uso de los servicios básicos del Estado.

   Es incuestionable que el deterioro progresivo de la convivencia nacional y la insolidaridad entre regiones ha sido una constante desde que se afianzaron, instituyéndose el chantaje político como moneda de cambio e incitando a lo que exageradamente señaló un consejero del rey francés Enrique IV: "Entre ellos los españoles se devoran, prefiriendo cada uno su provincia a la de su compañero y haciendo por deseo extremado de singularidad muchas más diferencias de naciones que nosotros en Francia, picándose por ese asunto los unos de los otros y reprochándose el aragonés, valenciano, catalán, vizcaíno, gallego, portugués, los vicios y desgracias de sus provincias. Y si aparece un castellano entre ellos, vedles ya de acuerdo para lanzarse todos sobre él".

   Hasta cierto punto, esta discutible estampa podría atribuirse a nuestra idiosincrasia, aunque lo que refleja más bien es la conducta entre los diversos parlamentos que hoy conforman el Estado, y a este ritmo, si nadie lo remedia, acabaremos como cuando los romanos desembarcaron en Ampurias por el efecto contagio. No obstante, sostener a estas alturas que España es una nación compuesta de nacionalidades es un enorme contrasentido, pues si así fuera no seríamos una nación, o para decirlo de un modo gráfico, que tras el homo erectus apareció el homo sapiens, aunque algunos se empeñen en identificarse con el australopithecus.

   Las naciones son hechos históricos, productos de la historia, y la unidad de España se alcanzó con Recaredo, aunque los Reyes Católicos la rehicieron tal y como hoy la conocemos, otra cosa es que desde finales del siglo XIX la Internacional socialista hiciera suyo el falaz principio de autodeterminación de las naciones alentando el nacionalismo de oligarquías locales, porque de qué época son si no todos estos iluminados que fundaron sobre inventivas fanáticas el rechazo hacia sus compatriotas.


Pues si te ha gustado, compártelo si quieres