Derecho a la muerte

Publicado: Viernes, 15 Junio 2018 Imprimir

   Me decía un amigo que pasa por un momento difícil que está pensando meterse en Podemos a ver si puede conseguir una casita con jardín o confinarse en un buque de refugiados que le devuelva con derecho a paga, ya que a él se la niegan por haber cotizado como autónomo.

   Ironías al margen, reconozco que yo tampoco me siento muy optimista últimamente, a ciertas cosas que no vienen al caso se suma la amargura de sentirme en un país irreconocible, así que escribiré de algo agrio en línea a lo que habitualmente nos brindan los políticos, pero no sobre lo de acoger a gente errante que no quieren en otras partes, sino de otro tema tan preocupante como triste: la eutanasia.

   Menos mal que para nuestra tranquilidad la Constitución nos garantiza a los españoles el derecho a la vida y al trabajo (volvemos al sarcasmo), aunque claro, y en esto entiendo a mi amigo, en uno que más o menos encaje con sus aptitudes, algo que cada vez intuye más lejano por su edad y la demanda de empleo de gente más joven.

   Entretanto, ahí tenemos al Gobierno y sus socios entretenidos con la llegada de los otros al puerto de Valencia, y en cuya autonomía se acaba de aprobar una ley que permite retirar los cuidados básicos de mantenimiento del paciente, lo que se llama eutanasia occisiva, que es la decidida y ordenada por la propia víctima y, por tanto, contraria a la Ley Natural, porque si la voluntad de morir no justifica el suicidio (que de momento el Estado no ampara gracias a Dios), menos lo aprobará delegar en otra persona la ejecución de nuestra muerte. Dejamos aparte la eutanasia lenitiva, que suprime los dolores a costa de la sedación (y que a más a alguno le resultará familiar), y cuya permisión sin trabas daría lugar igualmente a innumerables abusos y dramas.

   Llegados aquí, cabe señalar que en la carrera de Derecho se prescindió de la asignatura de Derecho Natural hace tiempo, materia que enseñaba que para ser sujeto de los derechos naturales, que son inalienables e irrenunciables, no es preciso tener conciencia de ellos, caso del derecho a la vida del no nacido o del moribundo, o que el hombre no puede obrar contra su propia naturaleza, y, por ende, ni debe desprenderse ni ser despojado de aquello que está vinculado a su desenvolvimiento natural.

   En otro orden, siempre me ha llamado la atención esa obsesión de la izquierda por la muerte, ya sea reivindicando el aborto o ahora con la eutanasia, y cuyas razones suelen ser meras alegaciones sentimentales o expresión de una actitud individualista o socialista extremada, aduciendo que "defender la vida es defender el derecho a morir con dignidad, respetando la voluntad del paciente", que ha soltado uno de sus patrocinadores y que es como decir que para alimentarse hay que ayunar. Toda una muestra de la retorcida inversión de términos o neolengua que niega el valor intrínseco de la vida humana y abre una perspectiva adversa para los más vulnerables y desprotegidos, a pesar de que la incurabilidad de un mal nunca puede afirmarse de un modo absoluto.

   En fin, para un verdadero cristiano la vida es un don de Dios y a Él le pertenece, por tanto, disponer de la misma y a nosotros el deber de conservarla, pues lo contrario usurpa el derecho primario de Dios y nos atribuye falsamente facultades omnímodas sobre la vida en sus diversos trances que no nos corresponden.


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