El asalto al Valle de los Caídos

Publicado: Viernes, 29 Junio 2018 Imprimir

   Parece que toca volver sobre la polémica del Valle de los Caídos y sus molestos huéspedes. Han pasado cuarenta y tres años desde que enterraron allí a Franco y algunos siguen obstinados en imponer su sesgado punto de vista del pasado, aunque peor resulta la actitud de los que, aún debiéndole gratitud, por temor contemporizan con su reinterpretación con tal de ser aceptados en este desafinado concierto democrático.

   No voy a entrar a valorar dichas conductas y, además, en este tema predomina el apasionamiento y la ignorancia generalizada, pero si estuviéramos en una sociedad madura y realmente democrática Franco sería cosa de historiadores, porque al margen de las tendencias políticas de cada cual, por peregrinas que sean, a estas alturas sacarle de su sepultura no constituye reivindicación legítima alguna, sino el paso decisivo de una cobarde venganza precedida por la eliminación de otros testimonios que recordaban el triunfo de la Cristiandad sobre el comunismo. Así de simple, y por eso lo próximo será la descomunal Cruz que se alza sobre su tumba, porque ese resentimiento que ni el tiempo -que dicen que todo lo cura-, ha conseguido aplacar es algo endémico del marxismo.

    No obstante, habría que retroceder a 1995 para encontrar el origen de este mediático filón de remover a los muertos y tergiversar los hechos, año en el que la izquierda logró que el Gobierno conservador de Aznar concediera la nacionalidad española a los supervivientes de las Brigadas Internacionales, o lo que es igual, a las hordas del Stalin a las que presentaban como “voluntarios de la libertad”, despertando un revanchismo, entonces inconsistente, al que se le despejaba el camino para alcanzar su aquelarre con la desnaturalización del Valle de los Caídos. Ahí surgió el germen de lo que hoy se ha materializado en la infame memoria histórica, el retorno a los fantasmas del pasado que oportunistamente se atenuaron en la Transición a base de cuatro gestos insinceros.

   Francisco Franco está inhumado en la Basílica del Valle de los Caídos, concretamente en la parte posterior del altar mayor, porque lo permitía el Código Canónico vigente al ser el artífice de este lugar sagrado (circunstancia que avalaba la decisión del Rey), José Antonio Primo de Rivera por su condición de víctima de la Guerra Civil, fusilado a los treinta y tres años en la prisión de Alicante, y los demás, ubicados en los columbarios a ambos lados del crucero, por haber caído combatiendo en uno u otro bando.

   En cuanto al conjunto monumental, su gestión depende de Patrimonio Nacional, cuyos bienes son de todos los españoles y no sólo a una indeterminada parte, así que cabría preguntarse en virtud de qué les corresponde a éstos últimos decidir sobre el significado o la función del mismo, máxime cuando su deseo es echarlo abajo. En este sentido, la Basílica, al tener carácter pontificio, es competencia de la Iglesia y los difuntos incumbencia de sus familiares, por lo que el Gobierno no debería inmiscuirse en lo que no le concierne, primero, por respeto a la ley y, segundo, por basar su medida en motivaciones espurias e ideológicas que no obedecen al interés general.

   Sin embargo, el próximo 18 de Julio se cumplen ochenta y dos años del alzamiento cívico-militar que él condujo a la victoria, fecha que se antoja como muy tentadora y en torno a la cual se centran las mayores sospechas, atendiendo a ese paroxismo que ya exteriorizaron hace trece años, cuando con alevosía y nocturnidad retiraron su única estatua en la capital coincidiendo con el aniversario de su fallecimiento. A estas cosas se dedican.

   A pesar de ello, como no saben ni donde tienen la mano derecha, confiemos en que semejante despropósito no lo consigan, principalmente en provecho de un mañana al que los españoles podamos mirar sin asuntos pendientes.


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