O'soros

Publicado: Martes, 10 Julio 2018 Imprimir

   La pretendida exhumación de Franco promovida por el Gobierno socialista está revelando la postura de los actores directamente implicados en la disputa, lo que resulta provechoso para valorar sus cualidades o desenmascarar apariencias. Es similar a cuando los demás se retratan ante nuestras dificultades y nos llevamos un chasco.

   En el reparto de esta tragicomedia tenemos a los descendientes del ilustre protagonista, que reúnen toda la legitimidad para oponerse a esas mezquinas intenciones y que por razones obvias no están por la labor de condescender. Luego se encuentra la Iglesia, con la que nadie se ha topado, a la cual le corresponde la custodia del difunto por hallarse en suelo sagrado. Después aparece Patrimonio Nacional como responsable de la gestión del Monumento, aunque de momento se ha lavado las manos como Pilatos al entender que debe ser el Ejecutivo quien primero tiene que articular la fórmula jurídica para sacarlo. Y tras las presentaciones, pasamos a la representación.

   Flanqueado por su camarilla entra en acción el villano, protagonizado por el típico joven desafiante y ambicioso con ansias de poder, las cuales disfraza de nobles propósitos para no despertar demasiados recelos, aunque no duda de que posee la razón. Es impulsivo y sin experiencia, pero entiende que a plena luz del día no puede consumar sus pérfidos planes sobre los que trabajan sus lacayos a distintos niveles. Entretanto, recibe a un oscuro personaje (que es quien le mueve los hilos), al que le rinde pleitesía en su nuevo palacio apenas desechas las maletas, mientras algunos medios acusan a este siniestro visitante de asesorar a rebeldes sirios, promover la inmigración ilegal y apoyar el independentismo catalán a través de sus fundaciones, porque esa respetable imagen de filántropo millonario no le libra de su reputación de buitre especulador que en épocas de crisis planea sobre jugosas empresas estratégicas.

   Respecto a la Iglesia, no parece que se oponga a la profanación anunciada, ambigua y flexible, preserva el estatus de sus jerarquías episcopales a las que cabría preguntar quién les ha dado vela en este desentierro, lo qué entienden por tal o, sencillamente, si les están allanando el camino a los de arriba en tan incómodo asunto, pues al afectar a una basílica pontificia la decisión no les concierne. Prudencia mundana más propia de gentiles.  

   Precisamente, éstos últimos deberían caer en la cuenta que el Valle de los Caídos no es únicamente un monumento que destaca por su arquitectura y entorno donde está Franco, sino un singular centro religioso católico en el que se venera un trozo del Lignum Crucis y se gana la indulgencia plenaria adorando a la Cruz el día de Viernes Santo, beneficios otorgados por San Juan XXIII al que le encantó la idea de su construcción, sin olvidar que su impulsor está enterrado allí por derecho después de evitar la liquidación de la Iglesia en España.

   Y un avurnave para terminar, pues si lo mueven de donde está por semejantes motivos ya pueden muchos, que no todos (como dice ahora la fórmula de la consagración eucarística), ir despidiéndose de la democracia que se concertó en la Transición que derivó de la evolución de aquél Régimen. Ya saben... lo de la Ley a través de la Ley que hoy la izquierda está decidida a cambiar, incluidos los acuerdos vigentes con la Santa Sede.


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