A la tercera va la vencida

Publicado: Viernes, 24 Agosto 2018 Imprimir

   Señalaba el poeta que el que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera, lo cual supone aludir a la Ley de Memoria Histórica, denominada así pese a su ficción.

   Lo malo es que con una mentira puede irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver, que reza un proverbio judío, y que dicho en cristiano es que nos exponemos a repetir lo peor de nuestra historia reciente a causa de los de siempre.

   La Ley de Memoria Histórica es un instrumento de la izquierda para acabar con la vigente monarquía y con España. Expresado de manera gráfica, se ha revelado como el caballo de Troya que ha ideologizado el Derecho, quebrantando el pluralismo político consagrado en la Constitución y oficializando la Historia de forma sectaria, aunque lo sorprendente es que se haya afianzado dentro del ordenamiento jurídico con semejantes incompatibilidades legales, además, lo lógico es considerar la verdad en su perspectiva histórica y no en su momentánea actualidad u oportunismo.

   En democracia la mentira suele abrirse paso entre la ignorancia, la envidia y la frustración ajena y es la base sobre la que descansa la demagogia que ha embaucado a esas jóvenes generaciones que alardeaban de ser las más preparadas, príncipe incluido, y ello a pesar de que la mentira, como dijo Sófocles, nunca vive hasta hacerse vieja.

   Lo más probable es que si continuamos subiendo por este camino acabaremos tropezando con su soñada tercera república para después volver a considerar (tras la tragedia en la que terminan todas), una tercera restauración monárquica (a poder ser en otra rama dinástica), ya que como suele decirse a la tercera va la vencida. El dilema es cuál de los dos sistemas políticos será el definitivo, porque España parece un país propenso a elaborar constituciones con la misma disposición a derogarlas.

   Para ir acabando, anteayer estuve en el Valle de los Caídos, mucho  más concurrido por la pretendida exhumación de quien fuera Jefe del Estado, anunciada por el Gobierno más ridículo hasta la fecha en varios aspectos. Había periodistas con cámara y micrófono preguntándole a la gente qué harían con el Monumento, pequeños grupos y familias, indiferentes a la polémica, fotografiándose y admirando la colosal Cruz y su entorno.

   Tras asistir al final de la misa y acercarme a las tumbas de Francisco Franco y José Antonio, recorrí el perímetro de la Basílica, convencido de que la vergüenza para esta democracia no es el Valle de los Caídos como dicen los necios, sino el estado de abandono en el que se encuentra el mismo, con instalaciones cerradas, el deterioro de sus magníficas esculturas o las goteras del templo. Demasiado descuido para ser uno de los lugares más visitados de nuestro patrimonio nacional.

   Concluyendo, lo que demanda el Valle de los Caídos es su originario esplendor y, sobre todo, respeto como lugar sagrado y único símbolo real de reconciliación hoy en España. Desmantelarlo y resignificarlo no es más que producto de mentes enfermizas y alejadas de la Fe y la Caridad cristiana, por lo demás, virtudes reconocidas en su fundador.


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