Divide y vencerás

Publicado: Viernes, 07 Septiembre 2018 Imprimir

   Corregid las opiniones de los hombres y sus costumbres se depurarán por sí mismas, que dijo Rouseau, y que es a casi lo único que se han dedicado políticos y periodistas en este sistema de conculcación que siguen llamando democracia.

   La de medallas que algunos se colgaron al comienzo de la misma mientras regresaban ciertos personajes del exilio enaltecidos por la propaganda política del momento, algo así como la leyenda rosa fabricada tiempo después en torno a quien por entonces ostentaba la presidencia del Gobierno, cuyo nombre, para mayor inri, se lo han puesto al aeropuerto donde aquellos desembarcaron y que, además, no inauguró.

   Como anécdota de esos jubilosos días (tal como los presentan en la televisión), cuenta un desaparecido periodista en su estupendo libro sobre la transición, el chasco que se llevaron los jaleadores neoliberales cuando su admirado José Luis Borges manifestó nada más aterrizar que era un error que España caminara hacia la democracia o que en 1936 estaba equivocado cuando se declaró partidario de la II República, aunque lo mejor fue cuando dijo que no conocía a Miguel Hernández. Por descontado, desde ese instante quedaría condenado al ostracismo mediático en el que, por cierto, ya estaba de presentadora en aquella tele pública la que ahora es su administradora.

   Aunque la forma en que se emprendió esta democracia (que falsamente se dice que “todos nos hemos dado”), es a grandes rasgos conocida, se oculta que ésta fue posible gracias a la aspiración y a las condiciones brindadas por el régimen político que la precedió al dejar una España equiparada al resto de Europa. Es más, para poder entrar años después en el Mercado Común (hoy Unión Europea), la condición fue desmantelar parte de nuestra competitiva economía, que eufemísticamente llamaron reconversión industrial, lo cual no tardó en mostrar sus efectos negativos sobre el empleo. Recordemos que eran tiempos de Gobierno socialista.

   A cambio de aquel sacrificio se recibieron fondos europeos, por ejemplo, para adoquinar las plazas de los pueblos, que quedaron muy bonitas, y transformar carreteras por autovías que los sortearan. En conclusión, de potencia económica pasamos a ser un país de servicios con IVA para recreo de propios y turistas, mientras, paralelamente, el imponente Estado de las autonomías iba aumentando su nómina de políticos y funcionarios.

   Sólo hay que echar un vistazo a las cifras para tener una idea de la cantidad de mantenidos en esta democracia, indirecta o representativa, que comenzó a materializarse a la sazón de la Ley de Reforma Política de 1977 que abría el camino hacia una nueva constitución que ya no se respeta, y que, finalmente, ha degenerado en una especie de dictadura ideológica que lejos de fomentar el orden y el bien común, fundamento de la convivencia social, constituye un colosal lavado de cerebro al servicio de un poder del cual ignoramos su procedencia real.

   Por supuesto, antes de todo lo referido los españoles no tenían que aguantar semejante carga, ni tampoco se hablaba de política, y menos aún dentro de los hogares, supongo que porque la televisión se limitaba al entretenimiento. Se podrá objetar que no existían los partidos y estábamos en una dictadura, como si los partidos fueran consustanciales a la libertad de las personas, más cuando son éstos los que poco a poco nos la están coartando, pero entonces España funcionaba, se gozaba de libertades personales, que no políticas, y los españoles se ganaban el fruto de su esfuerzo sin necesidad de sostener a enchufados y charlatanes que nos llevan de mal en peor.

   Parece mentira que con las perspectivas que ofrecía en sus postrimerías el hoy tan denostado régimen de Franco las cosas se hicieran así, condescendiendo ante esa gente de la que no aprenderemos jamás y que con engaño han vuelto a enemistar entre sí a los españoles. Pero ya lo dice el refrán, divide y vencerás. A ver si también nos aplicamos pronto el otro de que rectificar es de sabios.


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