Otro Papa santo

Publicado: Lunes, 15 Octubre 2018 Imprimir

   El pasado 14 de Octubre fue elevado a los altares Pablo VI por un segundo milagro atribuido a su intercesión, imprescindible después de aquel primero, en otro caso parecido, que lo llevó a la beatificación en 2014 por decreto también del actual pontífice, y que Benedicto XVI ya declaró "venerable".

   Dios me libre de cuestionar nada al respecto, "Ad honorem Sanctae et Individuae Trinitatis" (En honor a la Santísima Trinidad, que cita la fórmula de canonización), aunque parece que los santifican por el hecho de haber sido papas con posterioridad al Concilio Vaticano II, y en el que se recomendó impulsar los procesos de canonización para dar a los fieles ejemplos cercanos de santidad. No en balde, aprovechando el anuncio en Marzo, el papa Francisco bromeó insinuando que "hay dos en lista de espera", el emérito y él mismo, por lo que en su día sólo habrá que atribuirles los correspondientes milagros.

   Sin embargo, la imagen que yo tengo de Pablo VI está más cerca de su faceta política que espiritual, pues no concibo yo a un santo que desde la Cátedra de San Pedro se dedicara con tanto interés a interferir en asuntos gubernamentales ajenos, auxiliándose de algún nuncio y ciertos prelados de nuestra Iglesia de entonces, aunque si atendemos al testimonio del cardenal Giuseppe Siri, muy próximo a él durante sus últimos años, todo tiene su explicación: "Le dije que los obispos solidarios con el general Franco se sentían abandonados por el papa. Al mencionar el nombre de Franco se le nublaban los ojos de ira".

   Montini (Pablo VI), era democristiano y estaba influido por Jacques Maritain, de tendencia al centro-izquierda, y, en general, por la cultura francesa, que le vino de su madre. Nació en Concesio, una región al norte de Italia donde no se tiene especial simpatía hacia los españoles. El padre, abogado, prosperó gracias a sus propiedades y hasta fundó un pequeño banco, llegando a ser diputado por el Partido Popolare, la Democracia Cristiana creada por Sturzo. Ambos fallecieron durante la Segunda Guerra Mundial.

   No obstante, para el historiador que principalmente sigo aquí, el germen de estas maniobras contra el Régimen de Franco brotaría durante el citado Concilio Vaticano II y en el cual su iniciador, Juan XXIII (también canonizado por este papa), recuperaría la nueva teología francesa y alemana -descalificada anteriormente por Pío XII-, al designar de asesores a sus promotores principales, como Lubac y Ratzinger entre otros.

   De aquel episodio eclesiástico destacaron dos corrientes, la conservadora o tradicional, que acabaría reducida y con el arzobispo Lefebvre fuera de juego, y la mal llamada progresista, que se impuso y aceptaba el dialogo con el marxismo, plasmado de inmediato en el Pacto de Metz con las autoridades soviéticas, y por el que Juan XXIII consiguió que la Iglesia ortodoxa rusa acudiera al Concilio a cambio de que no se formulase en éste condena alguna al comunismo, pues de lo que se trataba era de acentuar el carácter ecuménico del Concilio cuyo testigo recogería Pablo VI a la muerte de aquél. Señalemos que Pío XII dijo que el comunismo es intrínsecamente malo.

   Con todo, los primeros movimientos hostiles de la Iglesia hacia Franco dentro de España provendrían del clero persuadido por el separatismo, a lo que se sumaba la incipiente influencia de la izquierda dentro de la Compañía de Jesús, aunque los momentos más tensos entre el Vaticano y Madrid se sucedieron ya en las postrimerías del Régimen, cuando a raíz del caso Añoveros planearon sobre el Gobierno español hasta amenazas de excomunión.

   En aquellos años la estrategia soviética logró introdudir el espítitu subversivo en la Iglesia (inspirando, tal vez, la conocida expresión del "humo de Satanás"), que desencadenó los movimientos cristianos-marxistas de liberación, especialmente en Hispanoamérica (recuérdese, en su visita a Nicaragua en 1983, la famosa reprimenda de Juan Pablo II al sacerdote jesuita y ministro de cultura sandinista, Ernesto Cardenal, por abrazar la teología de la liberación), aunque ya desde 1965 la Compañía de Jesús llevaba en manos de un sector de la izquierda favorecida por el nuevo padre general, el vasco Pedro Arrupe, que la convirtió en una especie de oposición anticapitalista contra la Santa Sede, politizándose en un sentido socialista radical.

   Era evidente que a Pablo VI se le había escapado el control de la Iglesia y apenas, su sucesor, Juan Pablo I, estuvo un mes al frente de la misma, dando paso al largo y fructífero papado de Juan Pablo II que, al fin, la sacó de aquella turbulenta racha. Pero terminaré con un ignorado reconocimiento del primero al embajador español tres años antes de la muerte de Franco: "La Cruzada ha constituido en tiempos tan modernos una verdadera epopeya en la que el factor religioso tuvo una influencia decisiva y predominante. Gracias a ella se salvó la vida de la Iglesia española e incluso la vida física de miles de sacerdotes y obispos. Conocía perfectamente y había visto dolorosamente los estragos que en este orden de cosas de la guerra y la revolución habían producido en la zona no dominada por los ejércitos nacionales".

   Por algo Monseñor Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI, actuó de pleno acuerdo con su antecesor Pío XII y se encargó particularmente de preparar el solemne tedeum romano para celebrar la victoria de Franco sobre los rojos en la Guerra Civil.

   En el fondo, bien considerado, cabría preguntarse quién merecería asimismo la canonización por haber evitado el exterminio de la Iglesia en España hace ochenta años, reintegrándola y apoyando su transcendental papel en la sociedad. Al menos, esperemos que sepa salvaguardar su descanso en el lugar donde está ante la embestida de la que ahora es objeto por parte de sus enemigos comunes.

   Sic transit gloria mundi.


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