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La tapadera

Publicado: Viernes, 13 Diciembre 2019 Imprimir

   Al principio, el hombre primitivo no se preocupaba por la subsistencia ni por almacenar excedentes, llevando encima lo mínimo para seguir a las grandes manadas de animales donde abundaba la caza, sin embargo, un buen día se hizo agricultor y surgieron las primeras ciudades junto a los ríos caudalosos.

   No vamos a entrar en las razones por las que abandonó el nomadismo, aunque en términos generales ya abrigaba un concepto más sólido del derecho de propiedad individual y colectiva y lo sagrado o lo religioso seguía dominando su mentalidad, por lo cual atribuía las adversidades climatológicas a la acción de seres sobrenaturales, y de ahí los sacrificios por la prosperidad de las cosechas.

   Pero con el avance de la ciencia y del progreso técnico aquellas creencias fueron caducando y ahora se autoinculpa de la alteración del clima, con lo que ante la disyuntiva energética propuesta por los nuevos dioses verdes enmienda a las sociedades avanzadas y las convierte en las sacrificadas.

   Hay que reconocer que este alarmismo generado en torno al conjeturado cambio climático recuerda un poco a la invasión extraterrestre de H. G Wells de La Guerra de los Mundos, con esos vaticinios apocalípticos prorrumpidos por una adolescente con absentismo escolar que culpa a la contaminación de robarle la infancia (aunque da más la impresión de que han sido otros), o esa niña india de ocho años incorporada recientemente al cotarro del activismo ecológico y que aún le gustará jugar en los columpios, lo que su involucramiento resulta más grave que lo que critican.

   Concienciar a la humanidad de los problemas que le afectan es algo encomiable en cualquiera, lo extravagante es el fenómeno mediático en torno al pesimismo de unas criaturas sin criterios formados para convencer al mundo de un asunto que corresponde a los gobernantes y, de paso, hacerles el trabajo a los de las energías alternativas y renovables que no se conforman sólo con su coro de políticos inútiles. Un montaje lamentable que denota la insensatez de los que están detrás, aunque muy efectivo y sentimental para quien quiera tragárselo por televisión después de un día duro metido en un atasco y con una huelga de transportes por otros motivos.

   Por supuesto, nadie discute que allí donde interviene la mano del hombre se modifica parcialmente el medio, pero eso es precisamente la civilización, con sus diferentes tipos según su época y cultura, aunque todas con el denominador común de aprovechar, con menor o mayor acierto, los recursos de la tierra, aunque, como escribe Julio Verne en 20.000 leguas de viaje submarino, "la fuerza creadora de la naturaleza puede mucho más que el espíritu destructivo del hombre, fiel a dicho instinto".

   Y hablando de instintos naturales, y mientras cuidamos el medio, protejamos la infancia como Dios manda, desde su concepción, y entonces verdaderamente construiremos un mundo mejor respetando también nuestra propia naturaleza, aunque por el camino que llevamos no sabemos cuántos lo disfrutarán. Según el Instituto Nacional de Estadística, España registró el año pasado el dato más bajo de su serie histórica en natalidad (inferior incluso al término de la Guerra Civil), y cuya mitad en cifras fue, aproximadamente, el número de abortos realizados en ese mismo periodo.

   Cabría preguntarse si éste es ese modelo de sociedad tan ecologista y feminista que algunos pretenden o, por el contrario, no tiene nada que ver, pues parece más un disparate. Lo que desde luego nos distancia del paleolítico es el acopio de objetos, puesto que vivimos en la cultura de las cosas, no de las personas.