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Va de cine

Publicado: Jueves, 06 Febrero 2020 Imprimir

   Aeropuerto y sus secuelas fueron una serie de películas del género catastrofista muy de moda en el Hollywood de los setenta. Recuérdense también otras por el estilo como El coloso en llamas, Terremoto o La aventura del Poseidón, que cuando la vi de niño me agobió tanto que por la noche tuve una pesadilla. Interpretadas por un largo reparto de viejas glorias del cine, giran en torno al desenlace de un accidente o un desastre natural que pone a prueba la supervivencia de sus protagonistas. Todo muy de actualidad.

   Y a propósito de astros del celuloide, hoy nos hemos levantado con la noticia de la muerte de una leyenda, Kirk Douglas, para muchas generaciones sencillamente Espartaco, y cuya película homónima fue rodada en España al igual que otras épicas superproducciones muy en boga en los sesenta como El Cid, Doctor Zhivago o Lawrence de Arabia. También de pequeño, lo primero que me llamó la atención de este actor fue su característico hoyuelo en la barbilla del que se inventa una peregrina explicación ante la curiosidad de su compañera en uno de sus innumerables papeles, algo así como que se lo hizo por la costumbre de dormir apoyándose el mentón sobre el anillo. Grande entre los más grandes, nos ha dejado en un mundo carente de héroes y "varinias" que lo liberen de la esclavitud e influencia de los poderosos. Descanse en paz, Espartaco.

   Aparte del objeto de entretener y contar historias para todos los gustos (cada vez más mediocres), el cine siempre ha tenido cierto poder de sugestión y, en ocasiones, su responsabilidad en modas y estereotipos poco recomendables, si bien, el carácter excepcional o normal de un acto no depende de su frecuencia -que dijo un sociólogo-, sino de su naturaleza. De ahí la importancia de la elección frente a su tendencia actual, con algunas excepciones, marcada por un sesgo ideologizante. En este aspecto, los clásicos de siempre deberían recuperarse por su idoneidad para la juventud, con adaptaciones de grandes relatos y epopeyas, haciendo caso a San Buenaventura hablando de los errados: "Como ellos por nosotros no dejan las malas costumbres, no conviene que dejemos los buenos ejercicios por ellos".

   Pero ya que la cosa va de tragedias, se me ocurre un thriller algo más reciente en el que se cuenta el ascenso al poder de Hitler, y que sólo por la frase del cartel incita a su interés: "El único requisito necesario para que el mal se propague, es que los hombres buenos no hagan nada" o, aplicada a su trama, la metamorfosis de aquella tocada democracia de entreguerras en una dictadura por medio de diabólicas intrigas y maniobras dentro de los cauces legales, y es que realidad y ficción no están exentas de personajes que o bien vuelcan su ambición en endiosarse o su enerve voluntad en humillarse, como en El Ángel Azul (1930), un crudo reflejo sobre la degradación humana articulado en torno a la decadente sociedad alemana de comienzos del siglo pasado.

   Basada en la novela El profesor Unrat (basura, inmundicia) de Heinnrich Mann, el film se estrenó no exento de polémica por su sordidez y telón de fondo, presagio de la hecatombe que estaba por llegar con el surgimiento del nazismo, una indiscutible obra maestra que nadie debería repugnar, aunque deje un mal sabor al final. Recomendable cien por cien.

   No obstante, si tuviera que quedarme con una entre las demás, escogería Casablanca por su encanto y frescura, producida en plena contienda mundial es una de las más populares de todos los tiempos. Los que la habéis visto recordaréis la escena en el Café de Rick en la que unos arrogantes oficiales alemanes se recrean cantando a viva voz un himno apropiándose del piano del carismático Sam, instante en el que el líder de la resistencia Víctor Laszlo, retenido sin salvoconducto junto a su mujer en esa ciudad de paso hacia América (el avión a Lisboa...), pide a los músicos del abarrotado local que toquen La Marsellesa, provocando el fervor de los presentes y la ira de aquéllos que ordenan la clausura inmediata del establecimiento.

   Pues eso, con firmeza y convencimiento, del mundo hagamos el caso que el mundo hizo de Cristo, si no, al menos, siempre nos quedará París.