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Victor o victoria

Publicado: Miércoles, 25 Septiembre 2019

   Dadas las últimas novedades en torno a la exhumación de Francisco Franco, urgida por un Gobierno de ambiciosos y resentidos, habrá que insistir una vez más sobre su figura histórica y su época, aludiendo a los que más le deben, porque hablar de la profanación de sus restos mortales como una victoria de la democracia es afirmar, justamente, lo contrario. 

   Dice el refrán que es de bien nacidos ser agradecidos, pero desde el momento en que dejó este mundo muchos de los que se beneficiaron de él comenzaron a renegar de su pasado político por puro oportunismo y conveniencia. Franco ya era historia, aunque seguiría incomodamente presente en la conciencia de aquéllos. Y lo que mal empieza, mal acaba.

Francisco Franco Bahamonde nació en 1892 en El Ferrol (La Coruña), ciudad distinguida en su honor con el apelativo "del Caudillo" hasta el advenimiento de esta irreflexiva democracia. A pesar de la percepción negativa que sus detractores difunden, destacó por su brillante trayectoria militar ya desde su bautismo de fuego en el campo de batalla, convirtiéndose en Gentilhombre de Cámara de Alfonso XIII en 1923 y en el general más joven de Europa en 1926 con treinta y dos años. Su fulgurante carrera, vinculada estrechamente al protectorado en Marruecos, estuvo auspiciada por méritos propios -sólo obtuvo un ascenso por antigüedad-, llamándolo a desempeñar importantes responsabilidades tanto en la Monarquía como en la malograda II República (a la que, por cierto, fue leal hasta que la violencia del Frente Popular la hizo insostenible).

   Con el estallido de la Guerra Civil fue encumbrado a la Jefatura del Estado el 1 de Octubre de 1936, pero su victoria en la contienda, su defensa a ultranza de los valores cristianos y la salvaguarda de la Patria le acarrearon el odio sempiterno de sus enemigos, como es patente, siendo el único gobernante que expulsó al comunismo invasor (o a sus esbirros socialistas, que son lo mismo), salvando a la Iglesia en España de su terrible persecución colmada de mártires, y por lo que el Alzamiento (el golpe de Estado fue el pucherazo previo de la izquierda) adoptaría el sobrenombre de Cruzada. Lógicamente, Pío XII le concedió por ello el collar de la Orden Suprema de Cristo, la mayor distinción otorgada por la Iglesia, y Juan XXIII alegó sobre él: "Da leyes cristianas, ayuda a la Iglesia, es un buen católico… ¿qué más quieren?".

   También de Franco dijo el historiador norteamericano William Thomas Walsh: "Salvó a su pueblo del cruel destino que sufren las masas esclavizadas en Rusia y de todos los países conquistados por la hidra roja [...] A mí me gusta el Régimen de Franco por los enemigos que tiene; estos enemigos son aquellos que odian a Cristo y a su Santa Iglesia, los más blasfemos y los más hipócritas de este triste mundo, y que con su propaganda diabólica pretenden hacer del mote fascista sinónimo de cristiano". En el mismo sentido, un desencantado Alejandro Lerroux, presidente del Gobierno en seis ocasiones durante la II Republica, escribió en el exilio: "Cuando el General Franco apareció en el horizonte de las esperanzas nacionales con la espada en alto, en España ya no existía un Estado ni forma alguna de legalidad. Desde mucho antes la autoridad y la ley habían dejado de ser una garantía para los derechos esenciales de la personalidad humana. Ni la vida, ni el hogar, ni la propiedad, ni la conciencia de cada ciudadano tenían otra seguridad que la que pudieran proporcionarle sus propios individuales medios de defensa". Hasta el mismísimo Manuel Azaña, posiblemente el político más destacado de aquel agitado período, llegó a lamentar al comienzo de la guerra, tras tener conocimiento de los crímenes cometidos en la cárcel modelo de Madrid: "Yo no quiero ser presidente de una República de asesinos".

   Hombre católico y pragmático, su Régimen político se caracterizó por una evolución eficiente en lo social y económico, partiendo de una posguerra marcada por la autarquía a causa del aislamiento internacional por parte de las naciones aliadas en la Segunda Guerra Mundial. A grandes rasgos, impulsó la industrialización del país, la alfabetización de la población más desfavorecida y fomentó una clase media hasta entonces inexistente en España, convirtiendo una nación endémicamente atrasada y arrasada por la guerra en la novena potencia económica del mundo; su Plan de Estabilización de 1959 estableció las bases del desarrollo económico conocido como "el milagro español", equiparando a España con el resto de las naciones occidentales en un momento en el que, desvanecidos "los demonios familiares de nuestro pueblo" -como él llamaba a los separatismos, partidos políticos y a la lucha de clases-, ya no se hablaba de vencedores y vencidos.

   No obstante, sus enemigos se valen de cualquier invectiva para justificar su odio, él, en cambio, perdonó de corazón a los que se le declararon como tales, deseando no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España, a la que dotó de una fórmula jurídica impecable, restaurando la misma monarquía que en 1931 pareció definitivamente clausurada con la marcha de Alfonso XIII y por la que en 1939, culminada la guerra, nadie daba un duro, y, en fin, proporcionando con el tiempo la coyuntura necesaria para emprender esa acariciada democracia de la que se dice que nos hemos dado todos, pero que hoy el cobarde rencor está liquidando.

   Respecto a la posición oficial de la Iglesia, salvo honrosas excepciones, ha resultado especialmente decepcionante, negando conocer y lavándose las manos para echarle el muerto a otro, como dice una conocida expresión. Ignoran que "más porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca", según menciona el Apocalipsis, que no es precisamente el vaticinado por una cría en la ONU con las bendiciones del Papa.