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Libertad religiosa

Publicado: Viernes, 15 Noviembre 2019

   La reedición del gobierno Frankenstein, cuya amalgama permitió la moción de censura que puso al actual presidente, es la constatación de la desunión de los españoles, aunque el lenguaje político la simplifica a constitucionalistas y no constitucionalistas.

   Y hablando de los primeros, la cara de sorpresa que se les quedaría a los asistentes a un reciente congreso de Escuelas Católicas cuando la ministra invitada les suelta que escoger una enseñanza religiosa o elegir centro educativo no son propiamente derechos constitucionales, pero eso es lo que tiene el contemporizar con gente tan poco de fiar habituada a las ocurrencias por falta de solvencia, que igual se desdicen de lo que pregonaban ayer que de repente se sacan de la manga lo que se tenían calladito. Anda que no hay ejemplos, lo mismo en lo incurrido que de lo sospechoso, porque no es difícil adivinarlo conociendo la naturaleza humana.

   Pues bien, una de las características dominantes de la moralidad contemporánea es la influencia de estas corrientes antifamiliares, aunadas en el discurso progresista que tiende a diluir los fundamentos éticos y religiosos de la sociedad tradicional con sus diferentes aplicaciones, desde el divorcio al amor libre, de éste a la libertad sexual, pasando por el derecho al aborto o el control de la natalidad hasta llegar a la educación de los niños por el Estado. Y esto último es, generalizado lo anterior, lo que ha venido a sugerir con sus palabras la mencionada embajadora socialista.

   Lo más increíble es la reacción de los anfitriones de dicho evento, que se resignan pensando que habrá sido un lapsus de la señora, y es que a estas alturas aún no se han enterado que estos socialistas le están haciendo la cama a la Iglesia en particular y a los católicos en general, o a lo que huela a franquismo, que es como ellos llaman a todo lo que les molesta, haciendo del mote fascista sinónimo de cristiano como ocurre con la majestuosa Cruz de Cuelgamuros.

LA PARADOJA

   A casi nadie se le escapa, incluso reparando en el mensaje traumático de la izquierda, que no para de recordarnos que venimos de una dictadura, que durante las últimas décadas hemos asistido a una melopea de libertades individuales que han hecho imposible la libertad de convivir, derechos que en algunos casos se han conseguido únicamente invocando la palabra democracia, prodigio verbal que a modo de llave maestra les abre casi cualquier puerta, pero cuyo portazo retumba en la casa común de los españoles alterando su tranquilidad, tal como sucede con sus leyes ideológicas socialisas y las pretensiones separatistas, lo que encima se justifica dependiendo de su punto de vista.

   No obstante, estos mismos que tanto hablan de libertad, ahora nos dicen que los padres no tienen muy definido ese supuesto derecho para decidir sobre la educación religiosa de sus hijos frente a las decisiones del Estado, o sea, ante la voluntad de los gobiernos de turno.

EL ENCAUZAMIENTO

   La vigente Constitución, aprobada en 1978, proclama respecto a la religión que, si bien, ninguna confesión tendrá carácter estatal, los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones, aunque, en general, se caracteriza por ciertas inconcreciones que dejan abierta la interpretación en algunos casos: el derecho a la vida, la libertad ideológica, religiosa y de culto... Sirva como muestra la aplicación hace poco del famoso artículo 155 en Cataluña.

   En cambio, en aquella otra republicana, que representa el modelo neomarxista, se promulgaba que "el Estado no tiene religión oficial", que "una ley especial regulará la total extinción [...] del presupuesto del Clero", que "quedan disueltas aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado" o su "prohibición de ejercer la enseñanza".

   Atendiendo a cierta perspectiva histórica, está visto que España parece un país predestinado a elaborar constituciones con la misma facilidad que a derogarlas, que dijo un desaparecido periodista. Parece el cuento de nunca acabar.

   Para terminar, señalaba al principio que la división entre españoles se reducía hoy, según los políticos, a constitucionalistas y no constitucionalistas. Tal vez, con el panorama que se presenta sea más propio referirse a monárquicos y republicanos que, al final, es lo mismo.