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Sensaciones extrañas

Publicado: Domingo, 05 Abril 2020 Imprimir

   Si el gráfico de la pandemia fuera de una disciplina olímpica España estaría en el pódium. Por lo visto, nadie se imaginó semejante estrago cuando todavía la amenaza estaba lejos (o esa era la percepción que se daba), pero para el microbio el mundo ha sido un paseo desde aquellas primeras repatriaciones televisadas que huían de China. No obstante, da la impresión de que aquí el confinamiento va a resultar más largo que un año sin pan, otro problema para muchos ante la imposibilidad de ganárselo en estas circunstancias.

   Lo cierto es que este paréntesis forzoso en la rutina vital, la incertidumbre originada sobre cuándo y cómo terminará todo esto, en definitiva, el aislamiento por miedo encaja con un estado emocional que el psiquiatra Viktor Frankl (al que vuelvo a recurrir una vez más), llamó "existencia provisional", y que de alargarse demasiado acaba deprimiendo a cualquiera, siendo entonces casi peor el remedio que la enfermedad, una eventualidad que, dependiendo de la paciencia con que se lleve, puede alterar hasta la armonía en el hogar según Chesterton, que conoció muchos matrimonios felices, pero ni uno solo compatible, para lo cual el sociólogo Jacques Leclercq recuerda que el primer deber de los padres para con sus hijos es amarse el uno al otro, lo que exige mucha generosidad, delicadeza y atención, vamos que, con o sin prole, en las relaciones de los esposos, en lo que cada uno entrega al otro, no hay que buscar equivalencias según un principio aritmético. Habrá que estar pendiente a más estadísticas cuando pase la cosa.

   Naturalmente, lo más duro de esta triste realidad son las vidas que se apagan, en su último suspiro apartadas de los seres queridos, y los casos graves que, muy especialmente en este trance, se encuentran en esas condiciones existenciales de provisionalidad mencionadas esperando su mejoría, superarlo, lo primordial en un panorama insólito en el que la mascarilla y los guantes forman parte del atuendo corriente de la gente y las calles se fumigan con "epis" como si se hubiese padecido un ataque biológico, porque ya no es por la confusión a la que induce el Gobierno, sino las especulaciones que circulan en torno al virus del que no se tiene claro su comportamiento y otro detalle importante, su causa, porque difícilmente se puede vencer a un enemigo sin saber de dónde sale, aunque se apunta a que su origen está en la vida silvestre.

   Volviendo al desconcierto oficial, mientras desde uno de los numerosos ministerios socialistas se conjetura con lo del “pico” de la curva de contagios en otro fundamentan los desalentadores datos de paro aprovechando la coyuntura, aunque la tendencia ya apuntase tímidamente en esa línea. Por supuesto, las consecuencias de la pandemia sobre la economía y el empleo son tan incuestionables como imprevisible será el alcance de esta crisis en manos de quienes pretenden inocularnos una Venezuela desde que llegaron, que nunca segundas partes fueron buenas, y menos aún si la primera es, como la presente, horrorosa. Luego eludirán responsabilidades, si las hubiere, y ya están echándole el muerto a la derecha para encubrir su incapacidad, hablando de recortes y de privatizaciones pretéritas o criticando insidiosamente la gestión de la sanidad en las autonomías que no gobiernan ellos o sus socios, pero ocultando que la mayoría de los hospitales (a los que éstos únicamente les cambian el nombre), se deben a aquélla y al régimen de Franco, al que algunos achacan la razón de esta especie de plaga por profanar su descanso. En fin, si no son capaces de conseguir los test en condiciones y los demandados respiradores cualquiera puede hacerse una ligera idea de por qué, por ejemplo, perdieron la guerra que ahora quieren ganar ochenta años después de concluida.

   Para ir acabando, en este dantesco contexto una de las imágenes que más me han impactado por su carga simbólica fue la soledad del Papa en una desconocida Plaza de San Pedro, durante una noche desapacible y como vacía no sólo de fieles, sino de Dios mismo. ¿Quo vadis Domine? Al menos, por tu infinita misericordia, cógenos confesados.