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Una Iglesia reciclable

Publicado: Martes, 05 Noviembre 2019

   Tras constatarse la indiferencia del Vaticano ante la profanación de un cristiano ejemplar -lo que desvela su aclimatación al medio-, ahora con su último sínodo nos viene casi a decir que el cristianismo es una especie de panteísmo en que todo está íntimamente relacionado, proponiendo "definir el pecado ecológico como una acción u omisión contra Dios, contra el prójimo, la comunidad y el ambiente".

   El Sínodo de la Amazonía, según declara su documento, pretende dar respuesta a la urgencia de abrir nuevos caminos para la Iglesia en esa región frente a su destrucción medioambiental, comprometiéndose de lleno con la defensa de esa "casa común", "abrazando y practicando el nuevo paradigma de la ecología integral".

   ¿Qué será lo que inspirará estas cosas dentro de la Iglesia?, desde luego no parece que sea el Espíritu Santo, porque su exposición rezuma más a esa filantropía masónica propia de las élites globalistas o sus ONGs que al encargo revelado de anunciar el Evangelio, si bien, ya pocos dudan de qué pie cojean algunos.

   En su redacción (centrada en la Iglesia de Hispanoamérica, que aquí la denominan Latina), se esgrimen términos tales como "hermana madre tierra", declarando que el hombre no es dueña de ésta (en contradicción con el Génesis), o rechaza de plano la evangelización de estilo colonialista, afirmando que "la Iglesia está incluida en esta llamada a desaprender, aprender y reaprender, para superar así cualquier tendencia hacia modelos colonizadores que han causado daño en el pasado" en clara referencia al Descubrimiento de América, en definitiva, que va a resultar que la Iglesia es la que ha de encauzarse y dejarse instruir por los que deben serlo, todo muy en línea con aquella Teología de la Liberación que tanto sedujo a los jesuitas en ese continente el pasado siglo.

   Se entiende que la Iglesia, en su misión evangelizadora, aborde con bondad su acercamiento hacia esos restos de culturas precolombinas, lo que no es igual que adoptar una mezcolanza de enfoques diversos que distorsiona y pone en peligro su ortodoxia, con perlas como que "la Eucaristía es en sí misma es un acto amor cósmico" o "adaptar la liturgia valorando la cosmovisión, las tradiciones, los símbolos y los ritos originarios (de la Amazonía) que incluyan dimensiones trascendentes, comunitarias y ecológicas", cuando la responsabilidad de la Iglesia es salvaguardarlas de cualquier influencia o corrupción. Con cuánta razón decía San Francisco de Asís a sus frailes, "respetemos a los sacerdotes, sus manos nos dan el Cuerpo de Jesucristo".

   En este sentido, se introducen propuestas variopintas que van desde un ecologismo exigente a "una teología inculturada que incluya la formación conjunta para ministerios laicales y sacerdotales" o a que "se promuevan y se confieran ministerios para hombres y mujeres de forma equitativa", además de poder "ordenar sacerdotes a hombres idóneos y reconocidos de la comunidad [...], pudiendo tener familia legítimamente constituida y estable".

   En conclusión, el documento irradia mucha monserga ideológica incompatible con la identidad genuina de la Iglesia, cuya jerarquía debería dejarse de experimentos extraños que sólo redundan en su propio menoscabo, aunque, afortunadamente, el catolicismo no es eso de lo que nos quieren convencer estos prelados desnortados.