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Cristo, señal de contradicción

Publicado: Jueves, 21 Noviembre 2019

   Leo por ahí que en algunas iglesias han rechazado oficiar misas por Franco en este último aniversario de su muerte, incluso en la que su familia acostumbraba cada año. Resulta sorprendente, al margen de lo que cada cual objete, que esto esté sucediendo con un buen cristiano. Primero permiten que se profane su sepultura y luego le niegan lo que toleran con perjuros e indeseables.

   Con razón se quejan en la Fundación que lleva su nombre que "es como si tuvieran una orden", revelándose en el fondo que tal persecución (entendida como patrimonio del Reino), es múltiple en sus formas, pero única en sus raíces, y es que los buenos también han de padecer de los mediocres y de los infiltrados en la Iglesia.

    Esta rocambolesca situación me han recordado unas reflexiones del P. Alfonso Torres, fallecido en 1946, sobre ese conflicto de la fe que a veces nos embarga, como cuando mezclamos nuestro desánimo con la realidad que nos golpea. Aquí van:

   “Amar a Cristo, señal de contradicción, es lo decisivo en materia de amor. Cristo es señal de contradicción en dos formas: es señal de contradicción entre los que creen y los que no creen. Son como dos bandos que hay en el mundo, contradictorios, hostiles entre sí, los que creen en Cristo y los que no creen en Cristo.

   Pero además es Cristo señal de contradicción entre los mismos buenos. Entre los buenos ha habido siempre, y hay, y seguirá habiendo dos bandos: uno, el bando de los fervorosos; otro, el bando de los tibios. Uno el bando de los perfectos; otro, el bando de los imperfectos. Uno, el bando de las almas heroicas; otro, el bando de las almas medianas. Estos dos bandos no son menos hostiles entre sí que los otros dos que hemos mencionado antes. Dolorosísimamente, aun entre los buenos, divididos en estos dos bandos, Cristo es señal de contradicción.

   Realmente, ahí es donde está la clave del amor perfecto de Cristo. Según que se ande en un bando o en el otro bando, se está en el perfecto amor a Jesucristo o no se está en el perfecto amor a Jesucristo".

   Yo no sé si en ocasiones son aún peores los "creyentes" del segundo bando que los que no creen, pero al respecto decepciona bastante que la jerarquía eclesiástica parezca estar más pendiente de lo material que de las almas, sin observar que -siguiendo con el mismo autor-, "Jesús no viene a enseñarnos el arte habilidoso de estar bien con todos, soslayando los derechos de la verdad y la justicia [...] entre reticencias, claudicaciones y amabilidades fingidas. Viene a exigir a los hombres que sigan los caminos de Dios".

   Lo que no es ningún misterio es que la Iglesia bajo este papado prefiere contemporizar con lo socialmente imperante, compatibilizando su mensaje con los tiempos que corren por simpatía o para evitarse problemas, asumiendo que la verdadera religión actual -como dijo Chesterton- no se preocupa de dogmas ni doctrinas, sino casi únicamente de la dieta.

   En definitiva, como previene el P. Torres, el dilema se despejará cuando llegue la hora dispuesta por Dios, y esto nos afecta a todos sin distinción:

   "El Mesías tiene el bieldo en la mano para aventar su parva y separar el trigo de la paja. La paja liviana, juguete de la brisa, son los malos; el buen trigo, denso y rico, son los buenos. Ahora todo anda confundido, como parva acabada de trillar, pero día llegará en que la justicia divina separe lo bueno de lo malo, como el trigo de la paja, sin que sea posible la confusión. Lo que haya en el fondo de las almas, virtudes o pecados, quedará patente, discriminado para siempre. Hecha la discriminación, el Mesías recogerá el grano con solicitud amorosa, como labrador cuidadoso, en su troje, que es el cielo, y arrojará la paja al fuego, al fuego inextinguible".

   Y volviendo al genial Chesterton para concluir, "la Iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza".