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María

Publicado: Martes, 14 Abril 2020 Imprimir

   Dice la conocida expresión, madre no hay más que una y como la mía ninguna, pero Jesús desde la Cruz ha dado a su Madre la maternidad espiritual de todos los hombres: "Mujer he ahí a tu hijo; discípulo, he ahí a tu Madre" (Juan 19, 26-27), y, por tanto, además de Madre de Dios, María es nuestra Madre. ¿Y qué madre no está siempre solícita a lo que le pidan sus hijos? La misma Virgen reveló a Santa Brígida que ninguno hay en la tierra tan enemigo de Dios que si acude Ella no llegue a recobrar la gracia.

   Madre de la Divina Gracia, señala San Bernardo que Dios ha puesto en manos de María todo el precio de nuestra redención, y así como estamos obligados a Jesucristo por la Pasión que sufrió por nuestro amor, así también estamos obligados a María por el martirio que en la muerte del Hijo quiso padecer voluntariamente por nuestra salvación. Pero conviene precisar que los cristianos sólo reconocemos a un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, que por sus meritos alcanzamos la gracia y salvación, sin embargo, la intercesión de la Virgen no es sólo útil, sino necesaria, pues después del Salvador es nuestro mayor refugio y mayor esperanza, según reafirman los teólogos y Santos Padres, y como advierte San Mateo, "Jamás hallará nadie a Jesús, sino por medio de María" al ser puente o mediadora con Jesucristo como muy bien recuerda León XIII en una de sus encíclicas dedicadas a la Madre de Dios: "Cuando Cristo vivió en la tierra intervino María como Mediadora en los primeros prodigios por Él obrados: uno de gracia, el gozo del infante en el seno de Isabel al saludo de la Santísima Virgen; otro de naturaleza, la conversión del agua en vino en las bodas de Caná", por lo que recomienda otro gran santo que siempre se acuda a María en todas las necesidades porque Dios se complace de que sea Ella la que en toda urgencia y necesidad nos ampare a todos.

   María amaba a su Hijo mucho más que a su propia vida, evidentemente, y todas las penas de Jesús, partiendo ya con la profecía de Simeón, eran también las suyas, como señala San Bernardo, y así dice San Juan Crisóstomo que quien se hubiese hallado entonces en el Calvario hubiera visto allí dos altares en donde se consumaban dos grandes sacrificios: uno en el cuerpo de Jesús, otro en el corazón de María, aunque San Buenaventura va más allá al notar que no había más que uno, la Cruz del Hijo, en la cual la Madre era sacrificada junto con la víctima de este Cordero Divino.

    Pero, para terminar, también quiero imaginar a María, feliz y dichosa criando a su Hijo, como Machado deseaba en su saeta cantar a Jesús, no al del madero, sino al que anduvo en la mar; la cosa es que mientras escribía esto y echaba algún vistazo a "Las Glorias de María" de San Alfonso María de Ligorio y a cierto sermón de San Bernardo, me acordaba de aquella tierna escena de la película Peter Pan de Disney en la que Wendy, que es la mayor, explica qué es una mamá a los niños perdidos y a sus hermanitos, que tras un sin fin de aventuras en el país de Nunca Jamás han olvidado todo lo demás. "Es el ángel de la guarda -les detalla-, que sabe rezar, arrullar y besar, y también prodigar". Igualmente, los cristianos, solemos buscar a Dios y a su Madre sólo cuando les necesitamos sin tenérnoslo en cuenta.

   En efecto, son muy pocos los que observan una conducta cristiana, pues la mayor parte sólo tienen de cristianos el nombre. Más a éstos debería decírseles lo que dijo Alejandro a un soldado cobarde que también se llamaba Alejandro: "O cambia el nombre o las costumbres" (obra citada).

   Que la Virgen María nos ayude a que pronto se superen estas complicadas circunstancias y nosotros sepamos corresponderle y agradecérselo como dignos hijos suyos.